El Batman que Affleck soñó y Gotham nunca vio: la historia secreta que Manganiello contó por fin
Las memorias del actor que iba a ser Deathstroke destapan el guion que Ben Affleck escribió, dirigió y protagonizaría en su cabeza. Muerte de Jim Gordon, una Batgirl inesperada y un clímax calcado de un videojuego.
Lo primero que sentí al abrir Bloodlines: A Memoir, el libro de memorias que Joe Manganiello acaba de poner en las librerías, no fue curiosidad sino una especie de olor a tinta vieja, esa fragencia que tienen los proyectos de Hollywood cuando se guardan en un cajón y nadie se anima a tirarlos. Porque de eso se trata esto: de un guion que existió, que tuvo principio y nudo, y al que le faltó el desenlace. La película de Batman que Ben Affleck soñó con escribir, dirigir y protagonizar nunca llegó a rodarse, y sin embargo acá está, contada por boca de quien tenía que ser su villano, y créanme que leerla de a ratos se siente como espiar una conversación ajena en un bar de madrugada.
Manganiello, a quien el gran público conoce más por True Blood que por sus papeles en el universo extendido de DC, había sido elegido para ponerse en la piel de Slade Wilson, más conocido como Deathstroke, el mercenario de ojo blanco y espada larga que en los comics les viene dando dolores de cabeza a los superhéroes desde hace décadas. En el libro, el actor comparte por primera vez los detalles centrales de aquella trama que quedó en papel y en promesas, y lo que se lee es, como mínimo, un golazo de lo que pudo haber sido y no fue.
Un thriller de Fincher con capa y antifaz
Según cuenta el propio Manganiello, Affleck concibió la historia como una suerte de versión superheroica de The Game, el thriller de David Fincher con Michael Douglas que ya lleva varias décadas en el imaginario cinéfilo. La idea, traducido al lenguaje de Gotham, era la siguiente: Deathstroke perseguía a Bruce Wayne porque estaba convencido de que Batman había matado a su hijo. La cacería, claro, no se quedaba en amenazas por mail ni en notas en los diarios: el mercenario irrumpía en la mismísima Baticueva, se llevaba como rehén a Alfred Pennyworth, el mayordomo de toda la vida, y asesinaba al comisionado Jim Gordon. A esta altura, con esos tres nombres propios en la misma oración, uno entiende por qué Affleck imaginaba algo más oscuro y más adulto que lo que el universo DC venía mostrando en pantalla.
Y acá, si me dejan ser un poco confesional, viene mi parte favorita de todo el asunto. El guion, siempre según lo que Manganiello relata, también contemplaba la llegada de una nueva Batgirl que se sumaba al Caballero Oscuro para plantarle cara a Deathstroke. La pelea, claro, no era un cruce de manos tibio de esos que se resuelven con un par de piñas y un chiste al final: la cosa terminaba con ambos héroes al borde de la muerte, magullados, casi en el umbral, hasta que lograban escapar en un tren elevado. Hay algo en esa imagen del tren, en esa huida hacia arriba, que me hace pensar en las zambas que cantaba mi vieja en la cocina cuando yo era chico, en eso de que a veces lo que te salva es justamente seguir subiendo, aunque no sepas bien hacia dónde. Será una licencia poética, pero la imagen funciona.
El clímax que se filmó, en una pantalla chica
Lo mejor de todo, o lo más loco según cómo se lo mire, está reservado para el final. Manganiello cuenta que Affleck le confirmó que la secuencia del mano a mano entre Batman y Deathstroke por las calles de Gotham iba a tomar como referencia directa la cinemática de Batman: Arkham Origins, el videojuego de 2013 cuya escena de apertura, dicho sea de paso, fue dirigida por Tim Miller, el mismo que después se puso al frente de Deadpool. Es decir, la pelea más importante de una película que nunca se hizo estaba pensada como un homenaje a un videojuego. Cuando lo leí, lo confieso, me quedé un rato largo con el libro abierto en la falda, pensando en cómo a veces el cine le roba ideas a los juegos, los juegos le roban ideas al cine, y al final lo que queda es ese círculo raro, casi borgeano, de referencias que se persiguen unas a otras.
- Deathstroke como protagonista absoluto de la trama, a la manera de un villano hitchcockiano que arrastra al héroe por un camino que él mismo eligió.
- La muerte del comisionado Jim Gordon, un golpe emocional que ningún reboot del personaje había animado a dar en pantalla hasta ese momento.
- La irrupción en la Baticueva y la toma de Alfred como rehén, que promete una de esas secuencias de tensión que Affleck sabe filmar como pocos.
- La incorporación de una nueva Batgirl, todavía sin nombre confirmado, pensada para sumarse a la trinchera final.
- El clímax en las calles de Gotham, explícitamente inspirado en la cinemática de Batman: Arkham Origins, con Tim Miller como referencia estética.
Mientras tanto, en el mundo real, el personaje terminó reencaminándose. En 2022 llegó a los cines The Batman con Robert Pattinson como Bruce Wayne y Matt Reeves en la dirección, una película que optó por un registro mucho más detectivesco y mucho menos superheroico que el que Affleck imaginaba. Y el futuro del caballero oscuro dentro del nuevo universo que DC Studios viene armando bajo la conducción de James Gunn y Peter Safran incluye, por ahora, dos paradas marcadas en el almanaque: The Brave and the Bold, que apunta a un Batman con su familia de personajes a cuestas, y The Batman Part II, la secuela de la versión de Reeves. Son dos caminos distintos, dos maneras de entender a Gotham, y las dos pasan muy lejos de la Baticueva que Affleck tenía en la cabeza.
A esta altura del viaje, y antes de cerrar la nota, me queda dando vueltas una sola pregunta, que es la misma que les dejo a ustedes, que llegaron hasta acá: de todas las escenas que Manganiello describe en sus memorias, la irrupción en la Baticueva, la pelea con Batgirl, el duelo callejero inspirado en el videojuego, la muerte de Gordon, ¿cuál les hubiera gustado ver realizada en la pantalla grande? Porque yo ya tengo la mía, y cada vez que alguien me pregunte por Affleck y Batman voy a acordarme de ese tren elevado que sube y sube, con dos superhéroes rotos pero vivos, y con la sensación de que a veces las películas más importantes son las que nunca se filman.
