Aquella noche de agosto en que cuatro tipos se subieron a un camión blindado y no supieron que era la última
Se cumplen seis décadas del último show en vivo de The Beatles, en el Candlestick Park de San Francisco, una fecha que ninguno de los cuatro imaginó como despedida y que cerró una etapa que había empezado a quebrarse mucho antes
Arrancá por el sonido antes que por la imagen: el Candlestick Park de San Francisco, en la noche del 29 de agosto de 1966, olía a pochoclo caliente y a pasto sintético bajo las luces de los reflectores, y zumbaba con el murmullo de un público que, a esa altura de la gira, ya no llenaba las tribunas como en los buenos tiempos. Yo no estuve ahí, por supuesto, pero cada vez que me sumerjo en los testimonios de esa noche me invade la misma sensación de extrañeza: estamos hablando de The Beatles, la banda más grande del planeta, tocando en un estadio a medio vaciar, rodeados por una jaula de alambre y con un camión blindado esperándolos afuera para llevarlos al hotel. Como si fueran personajes de una película de mafiosos y no los cuatro creadores de Revolver.
Lo más conmovedor de esta historia es que ninguno de los cuatro supo, aquella vez, que estaba tocando su último show. No hubo anuncio, no hubo una frase al micrófono del tipo señoras y señores, esto se terminó, no hubo flores ni lágrimas. Se subieron al escenario, hicieron su repertorio breve de siempre, unos veinticinco minutos que era lo que duraban sus recitales por aquellos tiempos, y cuando bajaron, salieron disparados en ese camión blindado hacia el aeropuerto. Recién entendieron la dimensión de lo que había pasado cuando, en las semanas siguientes, se metieron en el estudio de Abbey Road para empezar a pensar qué venía después y se dieron cuenta de que ninguno tenía ganas de volver a subirse a un escenario.
Una gira que ya venía crujiendo antes de llegar a San Francisco
Para entender por qué se rompió el vínculo con el público en vivo hay que mirar un poco más atrás, porque la gira norteamericana de 1966 no nació en un clima de felicidad. Apenas dos meses antes de la fecha final, la banda había terminado de grabar Revolver, un disco que es una obra maestra del pop y que, sin embargo, no tenía ni un solo tema que pudiera reproducirse en un escenario. Eleanor Rigby dependía de un cuarteto de cuerdas, Tomorrow Never Knows era un experimento de cinta al revés y loops de estudio, y así casi todo: los cuatro ya habían empezado a pensar el estudio de grabación como un laboratorio creativo y no como un ensayo para el show en vivo.
- En Japón y Filipinas, el rechazo del público local había dejado marcas, sobre todo después de los incidentes de Manila, cuando se desentendieron de una invitación del gobierno y casi no pudieron salir del país.
- En marzo de ese mismo año, John Lennon había declarado al diario Evening Standard que la banda era más famosa que Jesucristo, una frase que se sacó de contexto y desató quemas de discos en el sur de Estados Unidos y amenazas de excomunión en Ohio.
- El formato de sus recitales seguía siendo el de un programa de variedades de los años cincuenta: teloneros, después unas diez canciones propias sin pausa y nada más, en una época en que otros artistas ya experimentaban con puestas más largas y conceptuales.
- Las entradas dejaron de agotarse: butacas vacías en estadios que antes reventaban, algo que nunca les había pasado y que operaba como un termómetro silencioso de la distancia que empezaba a abrirse entre la banda y el público.
Si me preguntan, como me sugieren que haga en la pregunta que cierra el material, qué momento de la historia de The Beatles me parece el más decisivo para entender cómo terminó la banda, no señalo aquella noche del Candlestick Park como un punto de quiebre. La veo más bien como un síntoma, como la última ficha de un dominó que ya venía cayendo desde mucho antes. El verdadero momento decisivo, en mi lectura, fue el día en que John Lennon dijo lo de Jesucristo y, sobre todo, la manera en que esa frase viajó sin control por el mundo. Ahí entendí, leyendo los testimonios de la época, que la banda había dejado de ser una comunidad de fans y se había convertido en un campo de batalla cultural, y que los cuatro empezaron a sentir el peso de una exposición que ningún otro músico moderno había tenido que soportar hasta entonces.
“Como me gusta decir cada vez que me cruzo con esta historia, citando de memoria un fragmento que le escuché a un crítico inglés y que me parece imposible de mejorar: los Beatles no se separaron por una pelea, se separaron por cansancio de no poder salir de sí mismos. Y en esa frase, que a veces le atribuyo a Lennon y otras a George Harrison según me convenga, está todo lo que pasó aquella noche en San Francisco y lo que siguió después.”Lucía Quipildor, Cultura y Espectáculos
