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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una novela que Puig escribió lejos de casa y que Piñeiro decidió subir a un escenario

La dramaturga adaptó Maldición eterna a quien lea estas páginas, una de las obras más singulares del escritor, y la convirtió en una pieza que se mete de lleno con la clase media argentina y con los claroscuros de siempre.

Por Lucía QuipildorCultura y espectáculos · · hace 39 d
Una novela que Puig escribió lejos de casa y que Piñeiro decidió subir a un escenario

Lo primero que me encontré al llegar al teatro fue un olor a madera vieja, esa mezcla entre butaca gastada y telón que todavía conserva el polvo de las funciones anteriores, y una sensación rara, de esas que aparecen cuando sabés que lo que vas a ver no es una ocurrencia pasajera sino un trabajo largo, pensado, masticado durante años, como me pasó al leer por primera vez la novela de Manuel Puig que ahora Claudia Piñeiro decidió llevar a las tablas. Les quiero contar de qué se trata esta historia que volvió a cruzarse en mi camino periodístico, porque creo que vale la pena sentarse a charlar un rato sobre un libro que se escribió lejos de la Argentina y que, curiosamente, hoy habla como si lo hubieran escrito ayer a la mañana.

El camino raro por el que una novela se vuelve obra de teatro

Lo que más me llamó la atención cuando empecé a investigar esta puesta fue entender cómo llegó Piñeiro a este material, porque no fue por una iluminación súbita sino por una de esas derivas que a mí, como lectora, me resultan las más lindas. Ella misma cuenta que hace unos años le pidieron que escribiera el prólogo para la reedición de la obra completa de Manuel Puig, y que ese trabajo la obligó a sentarse de nuevo con Maldición eterna a quien lea estas páginas, una novela que ya había leído pero que, como nos pasa tantas veces, en la segunda lectura se abre de otra manera. Ahí fue cuando se dio cuenta de algo que la novela ya tenía adentro desde el primer día: que estaba escrita casi entera como un diálogo entre dos personas, y que esa arquitectura reclamaba un escenario, unos cuerpos, unas presencias físicas que la página, por más buena que sea, no termina de completar.

Hay algo que me parece muy de Puig en todo esto, y que Piñeiro rescata con mucha justeza: que el escritor escribió esta novela en su exilio en Nueva York, lejos de Buenos Aires, y sin embargo eligió construir una historia que es puro ida y vuelta entre dos voces, una argentina y una norteamericana, como si la distancia geográfica se compensara con la cercanía del lenguaje, con ese modo que tenía Puig de atrapar la manera en que hablaba determinada clase media de nuestro país, con sus cartas, sus conversaciones, sus fórmulas de cortesía y de distancia, esa cosa que ella describe como casi arqueológica, y que sin embargo sigue más viva que nunca, por eso me parece tan lúcida la reflexión de la autora cuando dice que le impresionó cómo el texto le habla al presente, y que hay libros que encuentran su momento mucho después de salir de la imprenta, una idea que me quedé repitiendo un rato largo mientras pensaba en cuántos clásicos argentinos tuvimos que releer para entender que nos estaban hablando en tiempo presente.

  • La obra nació como novela de Manuel Puig escrita durante su exilio en Nueva York.
  • La adaptación de Claudia Piñeiro se centra en el vínculo entre un argentino amnésico y un joven neoyorquino.
  • La dirige Marcelo Moncarz y la protagonizan Luis Campos, Mateo Chiarino y Luz Miraldi.
  • El estreno fue el 23 de agosto y ya forma parte de la cartelera porteña.
“Todos somos claroscuros.”Claudia Piñeiro

Y les quiero contar algo que me parece de lo más interesante de este trabajo, y que a mí me dejó pensando un buen rato: la idea de Piñeiro de que el escenario terminó mostrando matices del personaje que la lectura en soledad no le había regalado, especialmente gracias al trabajo de Luis Campos con ese hombre grande, duro, a veces hiriente, que en la novela puede pasar como un tipo más bien áspero, pero que en la boca y en el cuerpo del actor se vuelve un ser mucho más sensible, más contradictorio, más entrañable, como si el teatro hiciera ese trabajo de revelado que a veces la página no termina de hacer, y eso, lejos de traicionar a Puig, lo honra, porque el propio escritor fue siempre un artista que pensó sus novelas como si fueran cine, como si fueran teatro, con esa voluntad de integralidad que Piñeiro rescata como una de las claves de su obra, una marca que se nota en cada elección de esta puesta que, a mi entender, vale mucho la pena ver, no sólo para reencontrarse con un libro fundamental sino para ver cómo una historia escrita en el exilio, hace ya varias décadas, puede seguir interpelándonos con la misma fuerza con la que interpeló a quien la escribió en su taller de Nueva York, en esa ciudad enorme donde uno termina hablando con quien tiene al lado, y donde a veces la mejor compañía resulta ser un perfecto desconocido que, sin saberlo, te termina contando tu propia vida.

LQ
Lucía QuipildorCultura y espectáculos

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