La chica de la aguja: maternidad, pobreza y un crimen real en la Copenhague de posguerra
El filme de Magnus von Horn reconstruye un caso criminal danés de 1918 en blanco y negro y pone en el centro la vida de las mujeres que apenas sobrevivían en una ciudad agotada por la guerra. Trine Dyrholm compone a una intermediaria cuya propuesta tan práctica termina abriendo un pozo.
El primer ruido que escuché al sentarme en la sala fue el de la lluvia contra los tejuelos de cinc, ese repiqueteo opaco que en las películas europeas parece sacado de un costal de arroz viejo, y durante un rato largo pensé que era parte de la banda sonora hasta que entendí que no: afuera llovía de verdad, y el proyector se había adelantado. A partir de ese momento La chica de la aguja me llevó de la mano por una Copenhague que no es la de las postales ni la de los catálogos turísticos, sino la de los pasillos húmedos, las cocinas con olor a col hervida y los patios interiores donde la ropa tendida nunca termina de secarse. La película del sueco Magnus von Horn, estrenada el año pasado, elige contar un caso criminal real1918 pero sin el gesto ampuloso del true crime anglosajón: acá la intriga importa, sí, pero pesa más la vida cotidiana de las mujeres que apenas podían comer.
Para los lectores que no ubican el título, va el punteo: Karoline, la protagonista, es una joven obrera que trabaja en una fábrica de cigarrillos, queda embarazada de un hombre casado y no tiene con quién dejar al bebé cuando nazca. En esa ciudad exhausta, donde la Primera Guerra Mundial todavía se siente en los precios y en las caras largas, aparece Dagmar, una mujer de modales suaves y delantal prolijo que se presenta como una especie de intermediaria: ella se ocupa de conseguir familias dispuestas a recibir criaturas de madres que no pueden criarlas. La que la interpreta es la danesa Trine Dyrholm, una actriz que el público argentino quizá recuerde de otras ficciones europeas, y le pone a la Dagmar esa voz untuosa de las mujeres acostumbradas a manejar la desesperación ajena como si fuera una caja registradora.
Una ciudad que no deja respirar
La elección del blanco y negro no es un capricho estético ni un guiño a la nostalgia: el filme lo usa como una manera de subrayar la falta de aire. Las paredes quedan más cerca, los pasillos más angostos, la luz de las ventanas más escasa. Cuando Karoline recorre las calles de noche se ve el contraste brutal entre las veredas embarradas que le tocan a ella y los salones encerados donde otras mujeres toman el té como si la guerra hubiera sido un rumor lejano. Esa distancia social no se dice con un discurso, se ve: en las texturas, en la ropa, en la forma en que la cámara se pega a la espalda de la protagonista como si quisiera recordarle que no tiene a dónde ir.
- La película se inspira en el caso de la matrona danesa Dagmar Overby, condenada a prisión en 1921 por la muerte de varios bebés que debía colocar en familias adoptivas.
- Karoline es interpretada por la actriz danesa Vic Carmen Sonne, que ya había trabajado con el director en la serie Arco y flecha.
- El guion es del propio Von Horn junto a Line Langebek Knudsen, y fue una de las películas seleccionadas por Dinamarca para competir por el Oscar a mejor filme internacional.
- La fotografía corrió por cuenta de el Michał Dymek, que logra una paleta de grises con la textura del papel de lija fino.
Como decía mi vieja, que era maestra en una escuela de frontera y se sabía de memoria las coplas de Manuel Castilla, “la pobreza no avisa, llega calladita y se sienta a la mesa”. En La chica de la aguja esa sentencia podría ser el lema no escrito del guion, porque lo que más duele del recorrido de Karoline no es el giro criminal del tercer acto, que igual golpea, sino el detalle anterior: la cantidad de veces que la protagonista se traga la vergüenza para pedir un favor, mendigar un crédito, aguantar un capricho del patrón. Y acá, lejos de la moralina, el filme tiene la honestidad de mostrar que en ese mundo cada decisión chica, cada conversación de oficina, cada nota firmada bajo presión, va empujando a las personas hacia un borde del que después resulta muy difícil volver.
“La película no juzga a sus personajes: los acompaña mientras el mundo se les va angostando, y deja que el espectador complete el juicio, si es que quiere hacerlo.”Lectura de la crítica
A mí, que vengo siguiendo el cine nórdico desde los tiempos de Dreyer y Bergman, me pasó algo curioso con esta película: la primera media hora la miré con respeto profesional, anotando en el cuaderno los encuadres, los cambios de plano, la economía de diálogos. Pero a la altura del momento en que Karoline entra por primera vez a la casa de Dagmar, y se cruza con un niño que no parece tener padres a la vista, dejé la lapicera de lado y me abroché el cinturón, porque presentí, como me pasa pocas veces en una sala, que la historia me iba a dejar muda hasta los créditos finales. Salí del cine con un ruido en la panza, de esos que no se van con un café, y me crucé con dos señoras mayores que iban comentando en voz baja, con esa prudencia que se usa para hablar de cosas que todavía duelen, si lo que habíamos visto podía pasar acá, en cualquier ciudad mediana de la Argentina, donde la crisis económica también empuja a las mujeres a tomar decisiones que, vistas desde afuera, parecen incomprensibles. La chica de la aguja no responde esa pregunta: se limita a mostrárnosla, con la misma paciencia con que un médico te muestra una radiografía. Y eso, para un drama basado en hechos reales, me parece la decisión más honesta que podía tomar un director.
Para quienes estén pensando en verla este finde, un dato práctico: la película se está exhibiendo en salas de cine arte de Buenos Aires, Córdoba y Rosario, y también se puede encontrar en algunas plataformas de streaming con la opción de audio original subtitulado, que es como yo recomiendo siempre mirar este tipo de ficciones, porque la cadencia del danés y la música incidental, assinada por una orquesta de cámara muy contenida, terminan de armar el clima que se pierde en el doblaje. Si les interesa el cruce entre historia social y suspenso psicológico, si les gusta el cine que prefiere sugerir a explicar, si no le tienen miedo al blanco y negro ni a las películas que terminan sin un moño, dénle una oportunidad: es de esas propuestas que se quedan dando vueltas varios días después, como el sonido de esa lluvia que me recibió sin aviso en la sala.
