La cena que Wilde reescribe: cuando lo íntimo le gana a lo coral
La directora toma la estructura de "Sentimental" y la recompone con más aire, más pasado para cada personaje y un cierre que se queda pensando en lugar de cerrar de un portazo. Una comedia que se anima a volverse otra cosa.
El olor a comida recién hecha todavía colgaba en el aire del departamento cuando la puerta se abrió para dejar pasar a los invitados. Es una de esas escenas que uno reconoce antes de que terminen de pasar, porque la puso en pantalla Cesc Gay hace ya un buen rato, en una película española que se llamaba Sentimental y que contaba, con paciencia de obra de teatro, lo que pasa cuando una pareja acepta una cena con vecinos que no conoce y termina, sin proponérselo, pasándole revista a su propio matrimonio. La invitación, la versión que firmó Olivia Wilde y que acaba de llegar a las salas argentinas, parte exactamente del mismo punto de arranque y conserva los mismos hitos centrales de aquella noche cerrada en un piso ajeno, pero desde el primer tramo se nota que acá hay otra intención, más aire en la puesta, más historia a la espalda de cada uno de los que se sientan a la mesa y, sobre todo, otra decisión sobre cómo se cuenta el final.
Yo salí del cine con la sensación de que había visto dos veces la misma cena, pero escuchada en dos tonalidades distintas. La estructura es la que uno recuerda: la pareja protagonista que acepta la invitación casi por compromiso, el músico frustrado que se entera tarde de los planes, la vecina que aparece como puede frente a su propia ventana en el edificio de enfrente y la sesión improvisada de terapia con la psicóloga que aparece de golpe a desordenar la sobremesa. Eso está, y está porque Wilde no lo esconde ni lo disfraza, sino que lo toma como andamiaje conocido y decide trabajar desde ahí hacia adentro, con una cámara que se mueve con más libertad por el departamento y deja que los actores se desplacen dentro del encuadre en lugar de mantenerlos clavados en sus sillas, como pasaba en la versión original, cuyo tono era más contenido y más cercano al escenario.
Lo que cambia cuando cambia el pasado de cada uno
Y es que si algo distingue a esta invitación de la otra es, justamente, el trabajo sobre los personajes. El que interpreta la propia Olivia Wilde, por ejemplo, gana una historia que en el filme de Gay apenas se sugería: hubo una carrera artística que se quedó a medio camino, hay pequeños gestos cotidianos, una manera de mirar ciertos objetos de la casa que termina contando más que cualquier diálogo, y todo eso va armando un retrato de alguien que no termina de saber qué hizo con su vida y qué quiso hacer en realidad. El personaje que encarna Edward Norton también recibe un pasado que justifica esa actitud que en la otra película parecía casi un capricho de guion, y eso vuelve más entendible, más humana, su manera de bancarse la noche con una sonrisa a medio camino.
El giro que se anima a ir más lejos
El punto de quiebre más interesante, el que de verdad diferencia a esta versión, es la revelación de que la pareja anfitriona tiene un vínculo poliamoroso. En Sentimental eso funcionaba como un golpe de efecto que producía rechazo en el invitado que se enteraba. Acá no, acá el personaje de Rogen responde con una mezcla rara de curiosidad y de inseguridad, como si en lugar de repudiarlo necesitara entenderlo para entender algo de sí mismo, y eso vuelve mucho más visible la fractura interna del matrimonio que ocupa el centro de la historia. La comedia, que hasta entonces había ido tirando más o menos con aire ligero, empieza a correrse hacia un costado y deja entrever el drama que siempre estuvo debajo.
“El cierre no termina en el sexo aparentemente reconciliador del original, sino en una imagen más discreta: Rogen retoma el piano que había dejado atrás y Wilde toca junto a él. La escena es emocionalmente más cargada y, al mismo tiempo, deliberadamente abierta sobre lo que ese momento significa para los dos.”Lucía Quipildor
Esa ambigüedad del tramo final es, a mi modo de ver, lo que termina de salvar a la película, porque La invitación no se conforma con repetir la estructura prestada sino que se anima a llevarla un poco más lejos y a dejarla en un lugar incómodo para el espectador, que es el lugar más honesto al que puede llegar una historia de parejas cuando decide no resolver todo con una escena de cama que cierre los conflictos como si fueran una persiana. Hay algo, en esa imagen de los dos tocando juntos después de todo lo que se dijeron y se callaron durante la noche, que se parece bastante a esa idea que uno escucha en cualquier zamba bien cantada, esa de que lo importante no es arreglar nada sino quedarse cantando al lado. La comedia cumplió su parte, el drama hizo el resto, y el resultado es un filme que se sostiene con sus propios cambios en lugar de vivir de los ajenos.
