Bill Skarsgård encarna a un rehén desesperado en un caso real que Gus Van Sant lleva al streaming argentino
El filme reconstruye la historia de Tony Kiritsis, que en los años setenta tomó al hijo de un banquero para exigir aire en televisión. Una propuesta de bajo presupuesto que ahora busca su público en Movistar Plus.
Hay un zumbido metálico que atraviesa toda la película, ese rumor constante de cables y grabaciones que remite a otra época, y es la primera pista de que el cine de Gus Van Sant sigue empecinado en sacarles chispas a las historias reales. El olor a viejo de las cintas magnetofónicas parece asomarse apenas arranca el metraje de Prime Crime: A True Story, también conocida como Dead Man's Wire, que acaba de incorporarse al catálogo de Movistar Plus en la Argentina después de un paso efímero por las salas norteamericanas, donde apenas juntó 3,8 millones de dólares contra un presupuesto que se por debajo de los 15 millones. Le cuento de qué va esta rareza que, a pesar de sus números discretos en la taquilla, tiene lo suyo.
Un hombre común contra el sistema financiero
La historia que inspira al filme ocurrió en Indianápolis, en los años setenta. Tony Kiritsis se acercó a la sede de un banco donde había pedido un préstamo hipotecario para hacerse de un terreno, y cuando le rechazaron la operación empezó a sospechar que la entidad financiera buscaba quedarse con su propiedad para revenderla y hacer una buena diferencia. La sensación de que lo estaban estafando lo fue carcomiendo por dentro hasta que un día decidió pasar a la acción, literalmente: entró a la oficina donde estaba el hijo del dueño del banco, lo maniató con un dispositivo casero conectado a su propio cuello, una especie de collar explosivo improvisado, y formuló dos pedidos bien precisos, una compensación económica y, sobre todo, la posibilidad de contar su versión del asunto en televisión nacional.
Confieso que me acerqué a la película con una mezcla de curiosidad y desconfianza, porque el true crime ya tiene demasiados exponentes y el riesgo de caer en el homenaje vacío es grande. Pero acá hay algo distinto: la cámara de Van Sant se queda con Kiritsis en esa especie de tensa espera que se prolonga durante horas, mientras la policía monta un operativo y la prensa empieza a transmitir en directo. Es esa sensación de asistir a un espectáculo sombrío, donde el tipo común termina convertido en protagonista absoluto de un noticiero, lo que le da a la película una incomodidad muy particular, y acá aparece la veta más política del filme, esa pregunta que sobrevuela toda la trama y que el realizador no intenta responder, sobre los márgenes que tiene una persona común para hacerse escuchar cuando las estructuras lo aplastan.
Skarsgård como antihéroe creíble
- La presencia de Bill Skarsgård como Tony Kiritsis es lo más sólido del filme, con un trabajo físico notable que mete al espectador en la jaula mental del personaje desde el primer plano.
- La puesta en escena recupera el thriller urbano estadounidense de los años setenta, con operativos policiales filmados con paciencia y coberturas mediáticas que avanzan en paralelo.
- El cierre musical con un tema de Gil Scott-Heron le imprime al desenlace una carga política explícita que condensa, sin decirlo, el alma del relato.
- El libreto elige no resolver todas las contradicciones del caso y deja al espectador con esa molestia fértil que propone el cine que piensa dos veces antes de cerrar una historia.
Como sucede en tantas películas de bajo presupuesto que encuentran en las plataformas su segunda vida, queda flotando una discusión de fondo que trasciende a este filme puntual: la duda genuina sobre si el cine de género con intención de autor tiene hoy más futuro en el streaming que en las salas tradicionales. Y lo dejo planteado como pregunta abierta, porque la película en sí misma no se anima a zanjarla y aporta argumentos de los dos lados, por un lado la libertad creativa que permiten los presupuestos acotados cuando no se depende del taquillazo, y por el otro la irreemplazable experiencia compartida de una sala oscura cuando el cuento pide tensión en vivo y en directo. Me quedo, mientras tanto, con la imagen de ese hombre atado a su propia trampa, esperando que alguien lo escuche, que es, si lo pienso un segundo, el retrato más cruel que Van Sant hizo en mucho tiempo de una Norteamérica que sigue sin aprender a dialogar con los que le quedan fuera.
