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Viernes, 16 de octubre de 2026
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A la caza del pumas en la nieve santacruceña: tres días rastreando huellas desde Perito Moreno

Salidas antes del amanecer, quebradas cubiertas de hielo y la paciencia como aliada. Una crónica desde la estepa patagónica donde el felino más grande de la región deja su firma en la nieve.

Por Micaela VilteTurismo · · hace 41 d
A la caza del pumas en la nieve santacruceña: tres días rastreando huellas desde Perito Moreno

Soy de las que creen que la Patagonia se disfruta con el cuerpo entero, y por eso me dejé tentar por una propuesta que tiene poco de turista y mucho de: tres jornadas enteras en busca del puma, partiendo desde Perito Moreno, ese pueblo chico de Santa Cruz que muchos cruzan de paso hacia el glaciar y pocos se detienen a descubrir. Acá te cuento cómo es la experiencia, cuánto sale y qué esperar antes de subirte a la camioneta.

El pueblo que te espera en el cruce de las rutas 40 y 43

Perito Moreno no es una ciudad de postal, y eso, a mi entender, es parte de su encanto. Está en el departamento Lago Buenos Aires, en el corazón de la estepa, y funciona como base de operaciones para las salidas de rastreo. Lo que más me sorprendió al llegar es el silencio: un silencio enorme, interrumpido apenas por el viento y por algún guanaco que cruza la calle como si nada.

  • Las excursiones arrancan de madrugada, antes del primer hilo de luz, porque el puma es de hábitos crepusculares y nocturnos: si querés verlo, madrugar no es opción, es condición.
  • Se recorren campos privados y zonas aledañas al Parque Patagonia Argentina, con quebradas y cañadones que parecen otro planeta cuando están cubiertos de nieve.
  • El avistaje no está garantizado, pero el proceso de búsqueda tiene su propio encanto: leer huellas, interpretar señales y quedarse quieto mientras el frío te cala hasta los huesos.

Un dato que vale la pena tener en cuenta antes de viajar: las excursiones de tres días rondan los 350 a 500 dólares por persona, según operador y temporada, y conviene reservar con anticipación porque los cupos son limitados. Yo llevé ropa térmica, doble par de medias, guantes impermeables y binoculares, y te lo digo de corazón: nada sobra en la valija cuando la nieve te llega hasta las rodillas.

Las cuatro señales que leen los guías para encontrarlo

Acá es donde la experiencia se pone seria. Los guías locales, que conocen cada cañadón como la palma de su mano, trabajan con cuatro indicadores principales para orientar la búsqueda. Me lo explicaron con paciencia mientras avanzábamos con el vehículo por caminos que parecían dibujados con regla, y confieso que me cambió la forma de mirar el paisaje.

  • La agitación de guanacos y choiques: cuando estos animales se inquietan sin razón aparente, algo pasa. El grupo se detiene y prepara los binoculares.
  • Las huellas en la nieve: la marca del puma es redondeada, con almohadilla en forma de pentágono y, detalle clave, sin marcas de uñas porque las retrae al caminar. La pata delantera es más grande que la trasera.
  • El vuelo de caranchos o cóndores que convergen en un punto: suele indicar restos de una presa reciente.
  • Los restos de presas parcialmente cubiertos con tierra o vegetación, generalmente guanacos o liebres, que el felino entierra para volver más tarde.

Cuando alguna de esas señales aparece, el grupo se detiene y trabaja desde posiciones elevadas. No se trata de correr detrás del animal: la idea es observarlo a distancia, sin interferir en su comportamiento, y dejar que la estepa haga lo suyo.

El puma: el gigante silencioso de la Patagonia

Hay algo que me cuesta explicar con palabras y que sentí mientras lo buscaba: el puma no es un felino cualquiera. Es el más grande de la región y, a diferencia de los grandes gatos africanos o asiáticos, no ruge. Se comunica con ronroneos, gruñidos y silbidos que apenas se escuchan a metros de distancia. Un macho adulto pesa entre 55 y 80 kilogramos; la hembra, entre 30 y 60. Puede saltar hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal, cifras que a mí, cada vez que las escucho, me dejan sin aire.

En la Patagonia su dieta se basa en guanacos, choiques y liebres, y cumple un rol clave como depredador tope: regula las poblaciones de herbívoros y mantiene el equilibrio del ecosistema. Entender eso, parada en medio de la estepa con el viento cortándote la cara, le da a la espera una profundidad distinta.

Más que pumas: una biodiversidad que sorprende

Lo que más me llevo de la experiencia es que el recorrido es, en sí mismo, un safari completo. Aunque el puma es la estrella, en el camino se cruzan guanacos, zorros colorado y gris, piches patagónicos, zorrinos y, en el cielo, cóndores andinos, choiques y hasta flamencos en ciertas lagunas. El área registra más de 120 especies de aves, así que los binoculares no descansan nunca.

A pocos kilómetros está Los Antiguos, un pueblo que vale la pena conocer por su microclima de valle: es productor de cerezas y frutillas, y hay chacras donde se pueden comprar dulces artesanales. Si andás con tiempo, sumá la visita al Parque Provincial Cueva de las Manos, patrimonio mundial, con esas pinturas rupestres que tienen más de nueve mil años.

Mi consejo práctico, si estás pensando en ir: viajá en junio, julio o agosto, cuando la nieve es generosa y las huellas se leen como en un libro abierto. Llevá efectivo, porque en muchos campos no hay señal de teléfono ni posnet. Y si te toca un día sin avistaje, no te frustres: la estepa en invierno tiene una belleza silenciosa que compensa cualquier espera.

Para cerrar como me gusta, con un plato en la mesa: en Perito Moreno, hay un clásico que no podés dejar de probar, el cordero patagónico al asador, que sirven en varios restaurantes sobre la ruta principal, bien sencillo, con papas y chimichurri. Yo lo probé en un lugar de familia, sobre la calle principal, donde el trato es cálido y la porción es abundante: alrededor de 12.000 pesos por persona, con vino incluido. Si vas, preguntá por el cordero del día y dejate llevar.

MV

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