The Good Place: cuando la filosofía se cuela en el más allá y te deja pensando en el bondi de vuelta a casa
La serie de Mike Schur convirtió a Kant, el utilitarismo y los dilemas morales en material de comedia durante cuatro temporadas. Unarareunión de Eleanor, Chidi, Tahani, Jason y Michael que todavía da para conversar en cualquier mesa.
Lo primero que sentí cuando empecé a ver The Good Place fue esa mezcla rara entre la risa corta y la necesidad de anotar algo en un cuaderno. Porque a veces uno se sienta en el sillón esperando pasar el rato y termina pensando en por qué le dijo eso a su hermano el domingo pasado, o en cuántas veces obró bien de pura casualidad. La serie que Mike Schur armó para la pantalla chica tiene esa virtud: te toma de la mano con un chiste y te deja plantado delante de preguntas que no son nada chistosas.
Son cuatro temporadas y 53 episodios en los que la comedia se anima a discutir, sin ponerse solemne, qué significa ser una buena persona. El arranque ya lo dice todo: Eleanor Shellstrop, una pibe cualquiera de Arizona, muere y aparece en un lugar que supuestamente está reservado para los que se ganaron el cielo. Pero ella sabe, y nosotros sabemos, que su vida no da para tanto. Esa distancia entre el premio recibido y losmerecidos es el motor de todo lo que viene después.
Un elenco que parece pensado a medida
El grupo que acompaña a Eleanor es de esos que uno no se cansa de ver. Está Chidi Anagonye, el profesor de filosofía obsesionado por hacer lo correcto, al que William Jackson Harper le pone una sonrisa tímida y un acento que suena a clases en una universidad de día y ataques de nervios de noche. Está Tahani Al-Jamil, la señora de apariencias impecables que Jameela Jamil interpreta con una elegancia que se nota falsa a kilómetros, y detrás de la cual se esconden inseguridades que muchos reconoceríamos. Está Jason Mendoza, el chico que Manny Jacinto convierte en una especie de florero adorable que dice cada cosa como si recién se hubiera despertado de una siesta. Y por encima de todos, vigilando con una media sonrisa, está Michael, el arquitecto del barrio, al que Ted Danson le regala una calidez que da ganas de confiar, aunque uno presiente que no conviene fiarse del todo.
Filosofía con chistes malos y Janet
Lo que vuelve particular a The Good Place es que se toma en serio a Kant, al utilitarismo, al consecuencialismo y a la ética deontológica, pero los pone a pelear en medio de situaciones disparatadas. Hay criaturas fantásticas, hay un lugar después de la muerte que funciona con reglas internas, hay una especie de asistenta del más allá llamada Janet que tiene paciencia de santa. Y en ese cruce aparece la pregunta de siempre, la que la serie nunca termina de soltar: importa más la intención de unacto o sus consecuencias, y puede alguien cambiar de verdad lo que es.
“Las decisiones de los personajes sirven para plantear cuánto pesan las consecuencias de un acto y qué posibilidades tiene alguien de modificar su manera de ser.”Lucía Quipildor
A lo largo de las cuatro temporadas, las preguntas sobre la moral se van entrelazando con otras más terrenales. Aparece el paso del tiempo, aparece lo que se gana y lo que se pierde cuando uno se encariña, y aparece la sospecha, cada vez más concreta, de que hacerse cargo de lo que uno le hizo a los demás es un trabajo de todos los días. También se cuelan la pérdida y los vínculos, que son los que terminan dándole peso humano a una historia que podría haber quedado en un mero ejercicio intelectual.
- Eleanor Shellstrop: la protagonista que llega al lugar de las buenas personas sin merecerlo y termina preguntándose si puede llegar a serlo.
- Chidi Anagonye: profesor de filosofía y especialista en colapsar cada vez que tiene que decidir algo.
- Tahani Al-Jamil: la perfecta de afuera que carga con inseguridades de adentro.
- Jason Mendoza: el que dice lo que se le ocurre y por eso, de vez en cuando, acierta.
- Michael: el arquitecto del vecindario que parece querer ayudar, aunque uno nunca termina de confiar del todo.
La ficción tiene un cierre que le pone punto final al recorrido de sus protagonistas, y a mí me dejó con una sensación que no esperaba: la de haber visto una comedia que se ocupa de temas que uno suele reservarse para después del asado, en la sobremesa, con un vaso de vino al lado. The Good Place es de esas series que conviene volver a ver, no para encontrar nuevos chistes, sino para prestar atención a las preguntas que en la primera pasada uno dejó pasar, apurado por la risa. Y ahora, antes de que se me vuelque el café mientras escribo esto, les dejo la invitación de siempre: de todos los dilemas que plantea, ¿con cuál se quedan para charlar en casa?
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