Stalingrado, la batalla que se filmó a 30 bajo cero en Finlandia: conocé la épica alemana que el streaming volvió a poner en pantalla
La película de Joseph Vilsmaier que se rodó con doce mil extras, veteranos amputados y un invierno finlandés infernal acaba de cumplir tres décadas y sigue siendo una de las piezas más crudas del cine bélico europeo. Un repaso por una producción enorme que la historia no terminó de premiar en su momento.
Hay un sonido que me persigue cada vez que alguien me dice "cine bélico": es el crujido de la nieve pisada por un batallón entero, ese chirlo húmedo que se mete en los huesos. Lo escuché por primera vez viendo Stalingrado, la película alemana de 1993 dirigida por Joseph Vilsmaier, y créanme que después de aquello uno ya no olvida lo que significa rodar en serio una batalla. Hace un tiempo me senté a revisarla con la excusa de esta nota y volví a confirmar lo mismo: es una película enorme, ambiciosa hasta el delirio, y merece que la tengamos presente aunque haya quedado un poco eclipsada por otras.
La historia que cuenta es la de un grupo de soldados alemanes que son trasladados al frente oriental en 1942, justo cuando arranca la batalla que cambiaría el signo de la Segunda Guerra Mundial. La Batalla de Stalingrado se extendió desde agosto de ese año hasta febrero de 1943, cuando el Sexto Ejército alemán terminó rindiéndose. Las cifras son de vértigo: alrededor de dos millones de muertos entre ambos bandos, una ciudad entera borrada del mapa y un diario personal que registra la locura con mayúsculas. En las páginas que Joseph Goebbels escribió en esa época quedó dicho que Adolf Hitler consideraba la toma de Stalingrado como una necesidad psicológica urgente, por el valor simbólico que la ciudad tenía para el régimen soviético. La orden que bajó a las tropas fue tan simple como brutal: no rendirse bajo ninguna circunstancia.
Una novela de 1945 recién adaptada en los noventa
Lo curioso es que esta historia tardó décadas en llegar al cine. La novela en la que se basó el film, escrita por el autor alemán Theodor Plievier, se publicó en 1945, apenas terminado el conflicto. Pasaron casi cincuenta años hasta que Vilsmaier se decidió a llevarla a la pantalla. El presupuesto que se manejaba era de veinte millones de marcos alemanes, que equivalían por entonces a unos catorce millones de dólares, una cifra enorme para una producción europea de la época y que da la pauta de la apuesta que se hizo.
Doce mil extras y veteranos amputados
El rodaje se extendió durante cinco meses y se repartió entre varios países, pero las secuencias más exigentes se filmaron en Finlandia, donde los equipos llegaron a trabajar con temperaturas de hasta treinta grados bajo cero. Quien haya estado en un rodaje sabe lo que significa eso para una producción entera, imagínense lo que significa para una superproducción bélica. Para las escenas de combate se movilizaron alrededor de doce mil extras, y la producción contrató a veteranos de guerra amputados con el objetivo de reforzar el realismo visual de los soldados destrozados por la batalla. Un detalle que a mí, como espectadora, me parece de una honestidad casi insoportable: nada de protesis, nada de disimulos, el cuerpo herido en su peor versión.
- El film tiene 12.000 extras, una cifra descomunal para una producción europea de los años noventa.
- Se contrató a veteranos de guerra amputados para dar mayor crudeza visual a las bajas del frente.
- Las escenas más duras se rodaron en Finlandia, con temperaturas de hasta 30 grados bajo cero.
- Ninguna escena se filmó en la ciudad real: la Stalingrado actual fue reconstruida tras la guerra y no conserva edificaciones de la época.
- La película está disponible en la plataforma Amazon Prime Video, donde se la puede volver a ver.
Hay un dato técnico que a mí siempre me pareció fascinante y que dice mucho del trabajo que se hicieron los productores: ninguna escena de la película se filmó en la ciudad real. Lo que hoy llamamos Stalingrado, rebautizada hace años como Volgogrado, fue reconstruida por completo después de la guerra, así que no quedaron edificaciones de la época que sirvieran para ambientar el relato. Cuando uno piensa en el nivel de reconstrucción que eso implica, empieza a entender por qué la factura visual de la película es tan cuidada, tan obsesiva con cada baldosa, cada esquina, cada calle destruida.
Taquillera en España, opacada en el mundo
La película recaudó unos diez millones de dólares en Alemania, una cifra que quedó por debajo de las expectativas que se habían puesto en ella. En España, en cambio, tuvo una recepción especialmente favorable: consiguió ingresos equivalentes a 1,34 millones de euros de la época, nada mal para un film bélico alemán en un mercado chico. Con el tiempo se fue ganando un lugar como referencia del cine bélico europeo, aunque su proyección internacional quedó parcialmente opacada por el estreno posterior de Enemigo a las puertas, la superproducción franco-estadounidense de Jean-Jacques Annaud que contaba un episodio parecido pero con otro ritmo, otro presupuesto y otro reparto. Las dos películas terminan dialogando entre sí aunque sus directores jamás se lo propusieron, y a mí me gusta pensarlas como dos lecturas distintas de la misma herida.
Stalingrado no es una película fácil ni complaciente. Es densa, es larga, es brutal en algunos tramos, y no le hace ninguna concesión al espectador que busque un héroe limpio. Pero también es un trabajo artesanal colosal, una de esas producciones que solo se entienden cuando uno imagina el frío que pasaron los técnicos en Finlandia, el barro que comieron los extras, las ampollas, las esperas, el agotamiento. Si no la vieron, déjenla en la lista para una noche larga de sofá y manta. Si la vieron hace años, vale la pena volver. Yo terminé la función con la garganta seca y una certeza: hay películas que no envejecen, se curtan.
