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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Sarah Paulson se cruza con Lizzie Borden: lo que la serie cuenta y lo que la historia no avala

La cuarta entrega de la antología de Ryan Murphy incorpora a Aileen Wuornos al relato de los asesinatos de 1892. La producción elige un encuentro imaginario entre ambas mujeres que no tiene respaldo documental y que reabre el debate sobre las licencias en las ficciones basadas en casos reales.

Por Lucía QuipildorCultura y espectáculos · · hace 27 d
Sarah Paulson se cruza con Lizzie Borden: lo que la serie cuenta y lo que la historia no avala

Hay un olor a café recalentado y a madera vieja que me persiguió durante toda la función, ese aroma particular que tienen las películas de época cuando quieren decirnos que estamos entrando en una casa donde pasó algo terrible, y la nueva entrega de la antología Monster lo aprovecha desde el primer minuto: arranca con la cuchilla, con el hacha, con el silencio espeso de una mañana de 1892 en Fall River, Massachusetts, y a partir de ahí va sumando capas hasta meternos de lleno en un cruce improbable, el de Lizzie Borden con Aileen Wuornos, dos mujeres atravesadas por la violencia y por titulares que todavía hoy siguen dando vueltas en la memoria colectiva, dos casos que la serie decide poner a conversar en un mismo cuarto, en una misma cama, en un mismo sueño, y a mí, te lo digo con franqueza, esa decisión me dejó con una sensación rara, como cuando alguien te cuenta un chisme tan jugoso que no sabés si creérselo o directamente salir a chequearlo.

Porque la historia oficial es bastante más seca de lo que la ficción propone, y vale la pena repasarla para no caer en la confusión que muchas veces generan estas producciones tan bien embaladas: Lizzie Borden fue acusada del asesinato de su padre y su madrastra, Andrew y Abby Borden, en agosto de 1892, un caso que se convirtió en uno de los juicios más comentados de fines del siglo XIX en Estados Unidos, fue absuelta en 1893 y pasó el resto de su vida en la misma ciudad donde ocurrieron los crímenes; Aileen Wuornos, en cambio, pertenece a otro siglo y a otro estado, fue condenada en Florida por seis asesinatos cometidos entre 1989 y 1990, confesó haber matado a siete hombres y argumentó al principio que lo había hecho en defensa propia o de supuestos intentos de agresión, recibió seis condenas a muerte y fue ejecutada por inyección letal en 2002, a los 46 años, después de décadas de idas y vueltas en los tribunales.

Un encuentro que no existió fuera de la pantalla

Y acá viene el primer dato que a mí me parece clave para leer la serie con los ojos bien abiertos: no existe ninguna evidencia documentada de que Wuornos se obsesionara con el caso Borden, ni de que haya viajado a Massachusetts, ni de que haya pasado una noche en la casa de los Borden, ni de que haya sentido esa fascinación casi enfermiza que la ficción le atribuye; la conexión entre ambas es un recurso narrativo, una decisión de guion del cocreador Ian Brennan, que explicó que la intención era darle al personaje de Wuornos un cierre que él define como satisfactorio aunque no sea feliz, y ese cierre se concreta en escenas donde Lizzie se le aparece como una presencia, como un espectro, como una especie de espejo en el que Wuornos termina mirándose a sí misma antes del final.

  • Los asesinatos de los Borden ocurrieron en 1892 en Fall River, Massachusetts, y Lizzie fue absuelta en 1893.
  • Los crímenes por los que se condenó a Wuornos fueron cometidos en Florida entre 1989 y 1990.
  • Wuornos confesó siete asesinatos y fue declarada culpable en seis juicios; recibió seis condenas a muerte.
  • Fue ejecutada por inyección letal el 9 de octubre de 2002, a los 46 años.
  • No hay registro de que Wuornos haya visitado la casa de los Borden ni de que sintiera la obsesión que muestra la serie.

Cómo se arma el cruce capítulo a capítulo

El dispositivo arranca a instalarse recién en el cuarto episodio, cuando la narración salta a Florida en 1988 y muestra un encuentro en la ruta que termina con Wuornos disparándole a un hombre, una escena dura, casi seca, que funciona como umbral para lo que viene; más adelante, la vemos leyendo junto a su novia un libro sobre Lizzie, y en esa lectura la serie va sembrando la identificación, la idea de que Wuornos encuentra en aquella mujer de otro siglo a alguien que entiende su furia, su soledad, su lugar de outsider en un mundo que las expulsa; el sexto capítulo es el que más arriesga, porque la acción se traslada a la casa de los Borden con Wuornos dentro, mientras el montaje intercala pasajes de la investigación original de 1892, y allí las visiones y los sueños terminan de cerrar esa asociación entre ambas que, insisto, no tiene un vínculo histórico acreditado sino una voluntad deliberada de la producción.

Como dijo una vez Hamlet que es el que mejor habló de aparecidos y de espectros, hay algo en el aire que tiene la forma de la muerte, y la serie parece jugar con esa idea al poner a Lizzie como una sombra que visita a Wuornos en sus últimas horas, un recurso que en lo personal me resultó potente en la pantalla pero que también me dejó pensando en algo más grande, en una pregunta que cualquier espectador de 40, 50, 60 años se hace tarde o temprano cuando termina un capítulo: qué lugar deberían tener estas licencias en las ficciones basadas en casos reales, porque si la serie no aclara con un cartelito al inicio qué es verdad y qué es invención, el riesgo es que el relato termine pisando la memoria de víctimas y de familias, y eso, por más buena que sea la actuación de Sarah Paulson, que lo es, merece por lo menos una conversación larga y sin apuro.

LQ
Lucía QuipildorCultura y espectáculos

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