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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Salud mental infantojuvenil: especialistas describen una demanda que crece más rápido que los recursos para responder

Pediatras, psicopedagogos y equipos escolares alertan por un aumento sostenido de chicos que llegan con insomnio, problemas de aprendizaje, autolesiones o relatos de violencia acumulados durante años. La atención, fragmentada entre el sistema sanitario, las escuelas y la Justicia, deja a muchos sin un acompañamiento continuo.

Por Valentina SajamaSociedad y educación · · hace 36 d
Salud mental infantojuvenil: especialistas describen una demanda que crece más rápido que los recursos para responder

En consultorios pediátricos, guardias hospitalarias y aulas de colegios primarios y secundarios se repite, según profesionales consultados, un mismo patrón clínico: niñas, niños y adolescentes que no logran conciliar el sueño, que modificaron de manera brusca sus hábitos alimentarios —sea comiendo de manera compulsiva o dejando de hacerlo—, que se aíslan del grupo de pares, que presentan marcas de autolesiones o que expresan de forma directa o indirecta la idea de no querer seguir viviendo. Los equipos especializados que deberían contener esas manifestaciones son escasos y los servicios se encuentran, en términos generales, saturados.

La violencia ocupa un lugar central en el cuadro que describen los especialistas. Estimaciones de UNICEF Argentina indican que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrieron una violación o una agresión sexual antes de cumplir los 18 años, mientras que entre los varones la proporción desciende a 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanecen silenciadas durante años porque, según profesionales de salud mental, no encontraron un interlocutor preparado para escuchar el relato, y sus consecuencias sobre el psiquismo tienden a prolongarse durante toda la vida adulta. A esa carga se suman, de manera cotidiana, situaciones de maltrato físico, negligencia en los cuidados y humillaciones que rara vez quedan asentadas en algún expediente administrativo o judicial.

Qué cambia en la vida cotidiana de los chicos

  • Sueño fragmentado o insomnio que se sostiene durante semanas o meses.
  • Modificaciones abruptas en la alimentación, tanto por exceso como por defecto.
  • Aislamiento progresivo del grupo de pares y de las actividades escolares.
  • Aparición de marcas de autolesiones, en general detectadas de manera tardía.
  • Expresiones de desesperanza o de deseo de morir, que suelen ser minimizadas por el entorno familiar.

A quiénes alcanza y desde cuándo se observa el cuadro

Las señales que enumeran los profesionales no se concentran en un solo segmento etario ni socioeconómico, aunque la exposición a violencia y a condiciones materiales de pobreza incrementa su frecuencia y su gravedad. Los equipos escolares las describen tanto en niveles iniciales como en la escuela secundaria, y las guardias hospitalarias las reciben en algunos casos a edades cada vez más tempranas. La irrupción de las plataformas digitales, señalan los especialistas, agregó una capa adicional de riesgo: chicas y chicos quedan expuestos a contenidos sexuales no buscados, a publicidades de apuestas y a materiales que promueven conductas autolesivas o de riesgo. De acuerdo con datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, lo que ubica al país entre los segmentos juveniles con mayor exposición al juego on line de la región.

El impacto se hace visible también en el rendimiento escolar. Los resultados de las pruebas PISA 2025 divulgados por la OCDE muestran que casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico de competencia en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 se ubicaron por debajo de ese umbral en Lectura y en Ciencias. Para los equipos de orientación escolar, esos números no se explican únicamente por déficit pedagógicos: aprender requiere atención sostenida, confianza en uno mismo y tolerancia a la frustración, tres recursos que se agotan cuando la energía psíquica de un chico o una chica está puesta, como describen los profesionales, en sobrevivir al hambre, a la violencia intrafamiliar o al abandono.

Cuando una familia advierte que algo está mal y consigue pedir ayuda, el recorrido suele toparse con tiempos de espera prolongados y con una oferta profesional insuficiente. La atención, coinciden los consultados, llega fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma físico o la crisis aguda, y la Justicia recibe la infracción o el hecho de violencia. En ese circuito de informes e intervenciones, el chico o la chica corren el riesgo de quedar reducidos a un expediente y de perder, en el camino, la posibilidad de un acompañamiento terapéutico sostenido en el momento crítico.

VS
Valentina SajamaSociedad y educación

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