Por qué decir que no se aprende temprano y por qué también puede desaprenderse
La dificultad para poner límites, o la intolerancia a recibirlos, tiene raíces en la primera infancia y consecuencias concretas en la vida adulta. Especialistas sostienen que puede revisarse en un tratamiento.
La dificultad para decir que no no es un defecto de carácter ni una virtud: es el resultado de un proceso que comienza en los primeros meses de vida y que, cuando no se completa de manera adecuada, deja huellas que se manifiestan en la vida adulta bajo formas concretas, que van desde la ansiedad y el insomnio hasta el deterioro de los vínculos afectivos. Así lo describe la columna publicada por un medio especializado en salud mental, que repasa los dos patrones más frecuentes que aparecen cuando ese aprendizaje temprano falló: la imposibilidad de poner límites propios y la intolerancia a los límites ajenos.
Qué cambia en la vida adulta cuando no se aprendió a poner límites
Según explica el material, el límite empieza a construirse desde la primera infancia. El bebé necesita que un otro lo coloque: el pecho que no siempre está disponible, el no ante el peligro, la espera antes de la satisfacción. Todo eso, vivido como frustración en su momento, es lo que permite construir la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. El límite, señala la nota, no es lo opuesto del amor sino una de sus formas.
Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos patrones opuestos y extendidos. El primero es el de quien no puede poner límites. Suele tratarse de alguien que aprendió, de manera temprana, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. En la adultez, esta persona acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde.
A quiénes alcanza y desde cuándo se manifiestan las consecuencias
- Ansiedad y cuadros de estrés recurrentes, según describe el informe de base.
- Resentimiento acumulado hacia personas del entorno cercano, en muchos casos sin que la persona identifique el origen.
- Cansancio crónico que no se resuelve con el descanso, porque su origen es psíquico y no físico, de acuerdo con el análisis reproducido.
- Dolores y malestares físicos sin causa orgánica clara, que el cuerpo expresa cuando la palabra no alcanzó, según la misma fuente.
- Insomnio y dificultades para dormir, como una de las manifestaciones somáticas más frecuentes.
- En el patrón contrario, relaciones afectivas que se organizan alrededor de la voluntad de quien no tolera el no ajeno y que, a mediano plazo, tienden a vaciarse, de acuerdo con la columna.
El segundo patrón es el de quien no tolera el límite del otro. En estos casos, cualquier no se vive como una ofensa o un desafío. La nota advierte que esta posición puede parecer fortaleza, pero responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones tienden a organizarse alrededor de su voluntad y, con el tiempo, eso las deteriora.
Qué se puede hacer y desde cuándo es posible revisarlo
Entre esos dos extremos existe un punto intermedio, que no es sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar a ese punto tiene un costo real, porque implica arriesgar la relación con alguien de quien se depende, ya sea afectiva o económicamente. No obstante, según señala el material, ese costo suele ser menor que sus alternativas.
Lo más relevante, subraya la columna, es que esta dificultad no constituye un rasgo inmodificable de la personalidad. Se construyó en un momento determinado del desarrollo y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado, concluye el informe, ofrece el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro.
