La vida después del alta: Bella Ramsey protagoniza una historia sobre volver a ser adolescente cuando el cuerpo ya pasó por todo
El director George Jaques filma "Sunny Dancer" en un campamento rural de Escocia con jóvenes que atravesaron un cáncer. Crónica desde la butaca, por Lucía Quipildor.
Volví de la función con olor a pino húmedo todavía en la ropa. No sé si era el aire acondicionado de la sala o el pueblo ficticio de la película, pero rural se me quedó pegado a la bufanda como si lo hubiera pateado de verdad. La sala estaba en penumbras, sonaba una zamba suave en la escena del fogón, y la pantalla mostraba a una chica de diecisiete años que miraba el agua del lago como quien le tiene desconfianza. Era Ivy, el personaje de Bella Ramsey, y en su silencio ya estaba contado todo lo que viene después.
Sunny Dancer es la segunda película de George Jaques, un director inglés que conoce el tema desde chico: su madre tuvo cáncer de mama durante la adolescencia de él, y desde entonces trabaja como embajador de Teenage Cancer Trust, una organización británica que asiste con personas específicamente de entre trece y veinticuatro años. Cuando arrancó la filmación, aclara, hubo terapeutas presentes en el set y varios jóvenes que habían sobrevivido a la enfermedad formaron parte del elenco. La película, en ese sentido, no es una ficción escrita en un escritorio: respira gente real en cada plano.
Una trama alternativa entre lo médico y lo que pasa cuando se cierran las puertas del hospital
Ivy lleva diez meses en remisión de una leucemia. Sus padres la empujan a ir a un campamento de cuatro semanas, pensado para adolescentes que atravesaron lo que bien podría traducirse como la misma enfermedad. Ella llega enojada, con el pelo corto todavía como recuerdo de la quimioterapia, y sin embargo no intenta dialogar con nadie. Ramsey compone esa incomodidad con el cuerpo: camina con los hombros para adelante y mira de costado, como si todavía estuviera esperando el próximo estudio médico.
En la cabaña compartida la espera Ella, el personaje de Ruby Stokes, que tiene otra energía: curiosa, expansiva, pendiente del celular. Del otro lado, Jake, al que da vida Daniel Quinn-Toye, es el chico que se le frena la respiración de golpe en medio de un picnic y termina mirando el globo. Y está Ralph, interpretado por Earl Cave, que hace chistes negros sobre la enfermedad como si fueran la única manera posible de seguir hablando en una sala donde a todos les pasó lo mismo.
“La enfermedad atraviesa la película, pero no la organiza. Lo que la organiza son los deseos, los vínculos y la incertidumbre de tener diecisiete años.”George Jaques
Y acá viene lo que a mí, como cronista y espectadora, más me interesa de esta propuesta. La película no quiere ser un drama lacrimógeno sobre chicos con leucemia. Su apuesta pasa por otro lado: las salidas nocturnas al bosque, las primeras borracheras con consentimiento, las canciones de Scissor Sisters y Goldfrapp, la música original de Este Haim y Zachary Dawes, los colores cálidos que eligió Jaques, las risas en pijama. La enfermedad está, claro que está, pero no funciona como sola.
Volví caminando a casa y me quedé pensando algo que Jaques repitió en una entrevista y que me parece la llave de toda la película: no la considera una película sobre el cáncer, sino sobre lo que pasa después del cáncer. Sobre cómo una chica de diecisiete años se prueba la remera, se mira al espejo y todavía no termina de creer al que le dice que el cuerpo es suyo otra vez. Sobre cómo un chico se asusta en el supermercado y se sienta en el piso sin previo aviso. Sobre cómo las familias quieren que la vida siga adelante, pero los pibes todavía están aprendiendo a pararse en silencio después de tanta hospital.
Sunny Dancer es una película pequeña, honesta, rodada con jóvenes que no actúan como si estuvieran enfermos: actúan como si estuvieran vivos, que es bastante más difícil. Bella Ramsey, que viene de The Last of Us, demuestra que puede cargar una historia íntima sin grandilocuencia, y los jóvenes que la rodean en pantalla le responden con una sola voz. Es una película para ver con la bufanda puesta, para esos días de invierno en los que uno necesita tener un viaje propio al pueblo de al lado para entender al que le pasó lo que la enfermedad le pasó.
