La isla fue real: Lindelof rompe el mito del purgatorio en Perdidos y revela la clave budista del final
A más de quince años del último capítulo, el cocreador de la serie aclaró de una vez qué significaban los "flash sideways" y por qué la teoría más querida por los fans nunca fue cierta. Una decisión tomada entre la tercera y la cuarta temporada y un texto sagrado del budismo tibetano terminaron dándole forma al cierre más discutido de la televisión.
Todavía me acuerdo del silencio que se hizo en el living de mi casa aquella noche del año 2010. Habíamos juntado a un grupo de amigos para ver el final de Perdidos, con la certeza casi militante de que íbamos a descifrar de una vez por todas el misterio de la isla. Cuando la pantalla se puso negra, lo único que se escuchó fue alguien, creo que fue mi hermano, que dijo despacio: "Era el purgatorio". Esa teoría, la más grande y la más querida por los fans, fue justamente la que Damon Lindelof se empeñó en desmentir una y otra vez a lo largo de los años. Y ahora, con la perspectiva que dan más de quince años, la explicó de la manera más clara posible.
La idea de que la isla era un limbo donde nada de lo que habíamos visto durante seis temporadas había ocurrido en realidad fue ganando adeptos con el paso del tiempo, al punto de transformarse casi en un lugar común. Sin embargo, la posición del cocreador de la serie es tan firme como precisa: cuando en el último fotograma Jack cierra los ojos y muere, ese momento pertenece al relato principal, al hilo de lo que efectivamente sucedió. En cambio, los llamados "flash sideways" de la sexta temporada, esa línea narrativa donde los personajes no se conocen entre sí y el avión Oceanic 815 nunca se estrella, representan algo completamente distinto.
Lo que fue real y lo que no
- La isla existió tal como se mostró a lo largo de las seis temporadas, sin ningún truco metafísico de por medio.
- La Iniciativa Dharma fue una organización real dentro del relato, con sus estaciones, sus experimentos y su lógica interna.
- Hurley y Ben continuaron operando la isla una vez terminado el relato principal.
- Los "flash sideways" no son una realidad alternativa ni una paradoja temporal: son la experiencia de los personajes después de muertos, un lugar donde se reencuentran y recién entonces empiezan a recordar la vida que compartieron.
La frase que Lindelof repitió en sus últimas entrevistas no deja lugar a dudas: "Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien". Para él, la confusión del público fue un efecto buscado y, a la vez, un costo inesperado del lenguaje propio de la ficción.
La idea que nació entre la tercera y la cuarta temporada
Lo más interesante de esta explicación retrospectiva es cuándo empezó a gestarse. Los guionistas sabían desde temprano que la serie cerraría con la muerte de Jack, y la simetría entre el ojo que se abre en el piloto y el ojo que se cierra en el final les parecía la conclusión más poética y a la vez más lógica. El problema concreto que tenían por delante era otro: cómo mostrar de manera respetuosa y creíble lo que le pasaba al personaje después de ese cierre de ojos.
La solución apareció con la lectura de un texto muy particular. Los guionistas encontraron en el Bardo Thodol, conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos, un concepto que les servía como anillo al dedo: el Bardo. Se trata de un estado intermedio en el que una persona muere pero todavía no sabe que está muerta, y nadie puede decirle lo que le ocurre aunque pueda recibir señales del entorno. Lindelof lo resumió con una imagen potente: "La idea de Bardo es un lugar al que vas cuando mueres pero no sabes que estás muerto. Nadie puede decírtelo".
“Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien.”Damon Lindelof, cocreador de Perdidos
Para que el recurso no se notara desde el arranque, los guionistas introdujeron los viajes en el tiempo al final de la cuarta temporada y construyeron toda la quinta sobre esa base. La intención era que el público leyera los "flash sideways" como una paradoja temporal más, y que la verdadera revelación cayera sola, cuando los propios personajes empezaran a recordar cosas que, en esa línea narrativa paralela, jamás habían vivido. Esas pequeñas grietas en la memoria eran las que tenían que obligarnos a hacernos la pregunta incómoda: cómo es posible que recuerden algo que nunca les pasó.
Me queda dando vueltas una reflexión, y la comparto como fan antes que como periodista. Quizás por eso la teoría del purgatorio se instaló con tanta fuerza: porque durante seis temporadas Perdidos nos enseñó a desconfiar de todo lo que veíamos en pantalla, a sospechar de cada flashback, de cada escena onírica, de cada detalle numérico. Cuando el final nos propuso creer en algo que excedía la lógica de la isla, muchos elegimos la explicación más cómoda, la que nos permitía seguir dentro del mismo juego. Lindelof, en cambio, nos estaba invitando a otra cosa: a aceptar que hay un después que no se puede mostrar con las mismas reglas del antes. Como en aquella zamba que cantaba mi vieja en la cocina, hay un misterio que no se resuelve mirando, sino entregándose.
