La compra silenciosa con la que la Gran N mandó al tacho del olvido al gemelo oscuro de Mario
A comienzos de los noventa, una productora de cine para adultos filmó en dos días y por veinte mil dólares una parodia del fontanero más famoso del mundo. La jugada terminó en un escritorio de Kioto, archivada a cal y canto.
A veces uno se cruza con una historia que parece inventada y, sin embargo, está ahí, esperando en un rincón polvoriento de internet, como un cassette que nadie se animó a rebobinar. Esta empieza con olor a nylon y a luces bajas, con esa humedad tibia que tienen los sets cuando se prenden las cámaras y todavía no entró nadie al escenario. Después aparece un nombre propio, Buck Adams, y un cálculo tan frío como arriesgado: si Mario Bros. estaba en boca de todos, ¿por qué no izar la bandera del mismo personaje en otra clase de pantalla? La respuesta fue un título que hoy suena a chiste de WhatsApp y que, sin embargo, durante décadas fue una especie de fantasma con el que la industria del videojuego aprendía a convivir en silencio: Super Hornio Brothers.
Dos días de rodaje y el doble de material
Cuenta la crónica que el rodaje se completó en apenas cuarenta y ocho horas, con un presupuesto que apenas rozaba los veinte mil dólares. El resultado fue tan largo que la producción decidió cortarlo por la mitad y venderlo como dos entregas distintas. La primera llevaba el nombre ya mencionado y la secuela se titulaba Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns, con el inconfundible Ron Jeremy como protagonista, una figura que en aquel entonces reinaba en la cultura popular tanto como el propio Mario en los arcades.
Lo que siguió fue uno de esos caprichos del calendario que parecen escritos por un guionista con mala leche. Las cintas llegaron a las vidrieras del cine adulto casi al mismo tiempo que se estrenaba la adaptación oficial de Super Mario Bros., la película de 1993 dirigida por Rocky Morton y Annabel Jankel. La aventura hollywoodense del fontanero fue un fracaso estrepitoso en la taquilla y una fiesta de críticas despiadadas. Para entonces, la imagen del personaje ya estaba en el piso, con la gorra llena de barro, y a Nintendo no le hacía ninguna gracia que además se le sumara un gemelo oscuro filmado con una camarita y dos actrices. La compañía decidió mover sus fichas.
La estrategia del silencio
Lo que hizo la Gran N no fue ir a la justicia ni salir a dar un comunicado de prensa, dos caminos que inevitablemente hubieran generado más publicidad alrededor del material. En lugar de eso, optó por el camino más silencioso y, a la postre, más efectivo: comprar los derechos de ambas producciones y archivarlas. Sin ruido, sin declaraciones, sin scattering. Durante más de una década, la estrategia funcionó tan bien que mucha gente empezó a preguntarse si aquellas cintas habían existido realmente o si eran apenas una leyenda urbana repetida en foros de madrugada.
Recién en 2009, cuando una copia parcial de Super Hornio Brothers 2 apareció en la red, la historia volvió a la superficie. La cinta incluía, como para sumar leña al misterio, un resumen argumental de la primera entrega, esa que sigue sin aparecer. Ron Jeremy, ya con el tono de alguien que vio muchas batallas, confirmó públicamente que los derechos estaban en manos de Nintendo y que no había forma legal de relanzarlas. La compañía japonesa, mientras tanto, siguió sin hacer olas. Cuando uno lo piensa en frío, es un movimiento que tiene algo de quirúrgico y algo de obstinación casi maniática: gastar dinero en cine para adultos con el único fin de que nadie pueda mirarlo.
“Fue como comprar un incendio para guardarlo bajo llave. El cine para adultos existe para ser visto, no para dormir en un cajón, y sin embargo ahí está, en algún sótano japonés, esperando un día que nunca va a llegar.”Lectura libre a partir de los hechos relatados
Yo confieso que hasta hace un rato no tenía idea de que estas películas hubieran existido, y cuando empecé a tirar del hilo me pasó algo que no esperaba: terminé pensando en cómo una compañía de videojuegos, una empresa que vende fantasía luminosa para chicos, terminó siendo la mejor custodia de un material que jamás debió existir. Es una paradoja que suena a letra de zamba medio olvidada, de esas que dicen que el que menos imaginás termina cuidando la llave del galpón. La historia de Super Hornio Brothers es, en el fondo, una pequeña gran lección sobre el poder del silencio en la industria del entretenimiento y sobre lo frágil que es la frontera entre el souvenir y la mancha que preferís no recordar.
Mientras la primera entrega siga desaparecida y la segunda duerma en un archivo de Kioto, el misterio seguirá siendo parte del folklore de los videojuegos. La pregunta que queda flotando es casi obvia y se la hago también a quien esté leyendo: ¿sabías de la existencia de estas cintas, o la compra silenciosa de Nintendo fue tan efectiva que las mantuvo en el olvido hasta hoy?
