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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Kenzo Tenma, de cabecera baja: cómo Naoki Urasawa se sentó en cada reunión para que su Monster animado no le cambiara ni un gesto

La serie de Madhouse que adaptó el thriller del mangaka en 74 episodios pasó por una negociación inusual: el autor pidió trasladar la obra completa y, después, se presentó en las reuniones para marcar desde la postura del protagonista hasta los movimientos en escenas clave. Un repaso por una producción de 2004 donde la adaptación sin omisiones fue, sobre todo, una decisión del creador.

Por Lucía QuipildorCultura y espectáculos · · hace 20 d
Kenzo Tenma, de cabecera baja: cómo Naoki Urasawa se sentó en cada reunión para que su Monster animado no le cambiara ni un gesto

Lo primero que sentí al volver a ponerme los auriculares para revisar archivos sobre esta serie fue ese sonido seco y una especie de rumor de hospital viejo que arrastra la animación de Madhouse, ese zumbido de pasillo largo, de máquina de escribir que no termina de cerrarse, ese tono gris azulado que se te pega al olfato como el plástico de un consultorio. Y ahí, en ese ambiente, reaparece Kenzo Tenma, el neurocirujano que Naoki Urasawa dibujó durante más de una década y que la pantalla chica japonesa terminó de armar en 2004, después de que el manga ya se hubiera cerrado en sus páginas.

Yo había visto la serie hacía años, en aquellos doblajes que pasaban a horario tardío en la televisión por cable, y la verdad es que lo que más me había quedado era la sensación de estar caminando por un pueblo europeo que no existía, con nieve inventada y pasos perdidos. Cuando me puse a investigar cómo se había hecho, lo que descubrí me reconcilió con una idea que siempre defiendo en esta sección: cuando un autor cuida su obra hasta en la postura de un personaje, se nota, y mucho.

Una condición sin relleno

La historia de la adaptación empieza, como muchas otras, con una negociación. Shigeru Fujita, diseñador de personajes de la serie, contó que Masao Maruyama, al frente de Madhouse, fue el encargado de transmitirle a Urasawa el planteo del estudio antes de empezar a animar. La propuesta tenía un punto innegociable: si la serie se hacía, tenía que cubrir íntegramente el material original, sin recortar capítulos ni descartar escenas o diálogos.

Esa condición explicó, después, la duración final de la obra: 74 episodios, algo poco común para una adaptación que partía de un manga policial y psicológico, pensada más para el formato serializado semanal que para una temporada corta. Monster no necesitó episodios de relleno porque su propia fuente ya estaba terminada y fechada, con principio, nudo y desenlace escritos.

Tenma, con la cabeza baja

Una vez garantizado el contrato, vino el trabajo fino. Según el recuerdo de Fujita, Urasawa no se quedó en su casa esperando a que le llevaran el DVD terminado. El mangaka asistió a numerosas reuniones con el equipo de Madhouse y, en esos encuentros, dejó indicaciones muy puntuales sobre cómo debía verse y moverse su protagonista.

La indicación más recordada por el diseñador fue una que tiene más de lenguaje corporal que de guion: a partir de un determinado punto de la historia, Tenma tenía que aparecer con la cabeza baja y la espalda curvada. No era un detalle decorativo, sino una manera de traducir al dibujo animado el derrumbe interno que el ya mostraba en sus viñetas. Urasawa no se limitó a aprobar lo que el estudio proponía, sino que participó del proceso y dio instrucciones también sobre escenas específicas, con especial atención a cómo se movía y se expresaba el neurocirujano.

Un manga que se vio entero

Monster no fue la única obra de Urasawa que cruzó la frontera del papel a la animación, pero sí la que mejor resume la idea de una adaptación sin omisiones. En la lista de títulos del autor que llegaron a la pantalla chica están también Yawara!, Master Keaton y, más adelante, la celebrada Pluto, todas realizadas por Madhouse con distintos grados de libertad creativa. Lo que distingue a Monster es que el propio autor estuvo encima del proyecto mientras se producía, no como figura decorativa o de promoción, sino como alguien que se sentaba en la mesa y discutía la postura de un personaje.

Para mí, que llevo años mirando series animadas japonesas con el mismo cariño con el que otros miran fútbol, esa clase de compromiso explica por qué esta serie sigue apareciendo en todas las listas de los grandes animados del siglo XXI y por qué su protagonista, médico y prófugo a la vez, todavía parece caminar por Düsseldorf con los hombros caídos, buscando a un chico que alguna vez salvó y que, como dice una vieja zamba que me viene a la cabeza, uno nunca termina de encontrar del todo.

LQ
Lucía QuipildorCultura y espectáculos

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