Hot Wheels Infinite Rush: los autitos de colección se escapan de la pista y se adueñan del mundo abierto
El nuevo juego de Milestone apuesta a cuatro islas gigantes, más de 150 vehículos para coleccionar y un mapa casi enterito destrozable, aunque la falta de historia y algunas esperas molestas le bajan un poco el entusiasmo.
El olor a goma caliente y a plástico nuevo que suelen dejar los autitos cuando los desarmás de su blister llega, esta vez, desde la pantalla. Milestone acaba de lanzar Hot Wheels Infinite Rush, una propuesta que toma los icónicos vehículos a escala y los saca por primera vez del esquema de pista cerrada para mandarlos a recorrer un mapa de mundo abierto enorme, dividido en cuatro grandes islas temáticas donde, en teoría, no hay más límite que el horizonte y la imaginación del jugador.
La recorrida arranca en Wheelswood, una suerte de Manhattan tropical con rascacielos, tránsito y banquetas que invitan a los derrapes más arriesgados. De ahí el viaje sigue hacia Tentacle Bay, un bioma costero con ecosistemas que van desde playas hasta selvas apretadas; después se cruza hacia Gearville, una zona industrial atravesada por naves fabriles y dunas de desierto; y se cierra en Drifty Temples, una región de inspiración oriental con pasos de montaña donde el asfalto se retuerce y el derrape parece casi obligatorio. Son cuatro pedazos de mundo que se pueden patear a fondo, sin la presión de un trazado prefijado.
Una maqueta gigante y rompible
Lo primero que sorprende al meterse en el mapa es que el entorno reacciona al paso de los autos como si fuera una maqueta gigante apoyada sobre la mesa del living. Árboles, luminarias, vehículos civiles y hasta señalizaciones salen despedidos al menor impacto, lo que refuerza esa sensación de estar jugando con los autitos de la infancia, solo que esta vez sin la molestia de tener que recoger las piezas después del choque. El título no incluye campaña argumental ni un hilo narrativo formal: la propuesta es acelerar y explorar, algo que en las primeras horas se disfruta muchísimo pero que, con el correr de las partidas, empieza a sentirse como una limitación, porque no hay un motivo para seguir girando más allá del puro vértigo.
Cuatro formas de acelerar
- Los bólidos priorizan la velocidad punta y recargan turbo en aceleración sostenida.
- Los derrapadores acumulan nitro al tomar curvas cerradas en plena maniobra de drift.
- Los equilibrados generan energía con casi cualquier tipo de maniobra, sin exigirle demasiado al piloto.
- Los todoterreno, bautizados Titanes, están pensados para el terreno más irregular y recargan turbo de forma automática.
- El cambio entre categorías se hace en el momento, sin frenar la marcha, lo que abre muchas jugadas distintas en plena exploración.
Más de 150 modelos para coleccionar y algunos modos para compartir
Para los que coleccionan figuritas desde chicos, el catálogo es uno de los grandes atractivos del paquete: superan los 150 vehículos, con prototipos de la propia marca y licencias de fabricantes reales, fichas históricas de cada modelo y hasta un editor de pintura, rines e interiores para customizar a gusto. A eso se le suman modos multijugador competitivos con ranking, otros cooperativos o simplemente casuales y un editor de pistas personalizadas que permite armar circuitos propios y compartirlos, lo que estira bastante la vida útil del juego más allá de la campaña personal.
En el plano técnico, Infinite Rush mantiene 60 fotogramas por segundo de forma estable, algo clave en un arcade donde cada milésima cuenta y donde cualquier caída de frames se nota al volante. Hay, eso sí, algunas asperezas: ciertas texturas del entorno cargan con un poquito de retraso y los tiempos de espera al reaparecer en la isla tras completar un evento rondan el minuto, lo que corta un poco el ritmo cuando uno va en busca del próximo récord. El sonido, en cambio, es un punto alto: el impacto metálico y placentero de chocar contra un cartel o un rival tiene ese gustito ochentoso de los autitos de verdad.
En definitiva, Hot Wheels Infinite Rush no viene a contar una historia épica ni a reemplazar a los simuladores de conducción más serios del mercado, pero sí cumple con una promesa rara: la de dejar a los clásicos autos de colección en libertad absoluta, recorriendo cuatro islas temáticas enormes con la alegría destructiva de un chico que desparrama sus juguetitos por el piso del living. Quienes crecimos soñando con esas pistas naranjas y, sobre todo, quienes quieran acción arcade sin demasiadas complicaciones, van a encontrar en este título un parque de diversiones a escala, con sus luces y sus sombras pero con una sonrisa enorme de principio a fin.
