El sueño sueco de Miyazaki que una escritora terminó cancelando de un plumazo
A principios de los setenta, el futuro autor de El viaje de Chihiro viajó hasta la isla de Gotland para convencer a Astrid Lindgren de autorizar una versión animada de Pippi Calzaslargas. Ella le dijo que no y, con esa negativa, empujó sin quererlo a dos de los cineastas japoneses más importantes del siglo XX hacia una de sus películas más queridas.
A veces pienso que la historia del cine se cuenta mejor por lo que no llegó a ser que por lo que finalmente llegó a la pantalla. Esta es una de esas veces. Imaginen la escena: un japonés de pelo revuelto y traje oscuro, todavía casi un desconocido, bajando de un tren en la isla sueca de Gotland, con una carpeta llena de bocetos bajo el brazo y una idea dando vueltas en la cabeza. Aquel hombre se llamaba Hayao Miyazaki y estaba a punto de intentar algo que, según cuentan, muy pocos creadores se habían animado a intentar: pedirle permiso, en persona, a Astrid Lindgren para convertir a su criatura más famosa en una serie de dibujos animados. El resto es la clase de historia que a mí, como espectadora y comojournalista, me gusta desenterrar: una puerta que se cierra en una ciudad medieval del Báltico, y que sin embargo termina abriendo, unos cuantos años después, una ventana inesperada en la animación mundial.
Dos perdedores encantadores y un pequeño estudio a contramano
Para entender por qué este viaje a Suecia fue tan importante en la carrera de Miyazaki, hay que situarse en el ánimo con el que él y su socio Isao Takahata llegaron a principios de los setenta a A-Pro, un estudio chico, casi artesanal, que buscaba diferenciarse de la oferta televisiva japonesa de la época. Venían de quemarse con Las aventuras de Hols, el príncipe del sol, una película que en términos artísticos fue enorme pero que en la taquilla no levantó el vuelo. Con ese fracaso reciente a cuestas, los dos necesitaban un proyecto que les devolviera las ganas, algo que no fuera apenas producto para una cadena de televisión.
La candidata perfecta parecía ser Pippi Calzaslargas, la nena pelirroja, fuerte como un toro y dueña de su propio destino, creada por Astrid Lindgren en los años cuarenta y ya convertida en un fenómeno editorial en buena parte del mundo. Para Takahata, los libros eran una bofetada a una cierta manera europea de escribir para los chicos, esa tradición amable donde los niños aparecen como personajes a los que hay que corregir. Pippi era lo contrario: una chica que se corr sola y, de paso, corregía a los grandes. Para Miyazaki, la oportunidad era todavía más simple y, si me permiten, más honesta. Lo dijo él mismo, tiempo después, con esa mezcla de modestia y convicción que lo caracteriza: fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión.
Visby, un no y una autora con memoria
El viaje a Suecia dejó huella en Miyazaki, y esa huella no fue solo la frustración de un no. Cuenta la leyenda que el recorrido por la ciudad amurallada de Visby, con sus casas de piedra coloridas y sus callejones que parecen sacados de un cuento medieval, le cambió para siempre la imagen que tenía de Europa. No era la Europa de las postales parisinas; era una Europa más áspera, más antigua, más parecida a un escenario de leyenda nórdica. Años más tarde, varios de esos paisajes reaparecerían, reapropiados, en otra de sus películas.
El problema fue el otro lado de la mesa. Lindgren, según los relatos que circulan sobre aquel encuentro, tenía dos motivos fuertes para negarle los derechos a un desconocido japonés que aparecía con carpetas llenas de dibujos. El primero era una herida vieja: en 9, la propia escritora se había mostrado disconforme con una adaptación cinematográfica de Pippi que consideraba una distorsión del espíritu de su personaje. El segundo era más general: descreía de la animación japonesa, a la que asociaba con una violencia que no era la que ella quería para sus historias. Pippi, para Lindgren, no era un personaje al que se pudiera someter a la lógica de persecuciones y golpes que dominaba buena parte del dibujo animado del momento. La respuesta, entonces, fue no.
Los bocetos no se perdieron: viajaron en el tiempo
Lo que pasó después es lo que me parece más lindo de esta historia y,mente, lo que más me emociona cada vez que lo cuento. Porque el archivo de bocetos y de investigación que Miyazaki había preparado para la serie de Pippi no terminó en una caja de cartón en un sótano de Estocolmo. Terminaría, recombinado y disfrazado, en una de las películas más queridas de la historia reciente del cine japonés.
- En, Takahata dirigió y Miyazaki escribió el mediometraje Las aventuras de Panda y sus amigos. La protagonista, Mimiko, es una nena traviesa y pelirroja que comparte varios rasgos con Pippi: la misma energía, la misma independencia, la mismacapacidad de desarmar a los adultos con una frase.
- Un año después llegó la secuela, que consolidó el tono y la sensibilidad de ese primer trabajo, ya claramente identificados con el estilo del dúo.
- Dieciséis años más tarde, en, Miyazaki estrenó Nicky, la aprendiz de bruja, una película basada en la novela de la escritora británica Diana Wynne Jones en la que los paisajes de Visby, aquellos que él había conocido durante la negociación fracasada, funcionan como referencia visual del mundo donde vive la protagonista.
La próxima vez que en una sala oscura vea aparecer a un personaje de Miyazaki, sobre todo si tiene el pelo rojo y las ideas demasiado propias, voy a acordarme de este viaje en tren a Gotland, de unas carpetas llenas de dibujos que nunca se usaron como estaban previstos, y de la idea, que me gusta sostener como lectora y comojournalista, de que en este oficio nada se pierde del todo: las historias buenas que no llegan a contarse igual terminan volviendo, tarde o temprano, transformadas en otra cosa.
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