El clásico que se resistió a tener heredero: las cinco vidas que nunca tuvo Casablanca
Warner Bros. probó al menos cuatro veces, a lo largo de casi medio siglo, darle una continuación al film de 1942 que Humphrey Bogart e Ingrid Bergman hicieron eterno. Por qué ninguno de aquellos proyectos llegó a buen puerto y por qué el final de la película parece clausurar cualquier intento de regreso.
Todavía me acuerdo del ruido del proyector viejo del cine de mi barrio, ese zumbido que se mezclaba con el tintineo del piano de Sam tocando As Time Goes By, y de cómo, mucho después, cada vez que alguien nombraba Casablanca, volvía a ese olor a pochoclo recalentado y a butacas de pana. Por eso, cuando me topé con la saga de intentos fallidos por volver a contar esa historia, no pude evitar pensar que el estudio llevaba décadas corriendo detrás de un fantasma: el de una película que, justamente, está hecha para terminar como termina. Lo que sigue es el racconto minucioso de cinco proyectos que Warner Bros. fue amontonando en un cajón, todos con la misma conclusión: el clásico de 1943, con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, es prácticamente inabordable.
Brazzaville, el primer borrador que el estudio descartó
El primer intento de continuidad llegó casi en paralelo al estreno original. Warner Bros. se apuró a encargar un guion titulado Brazzaville, escrito por Frederick Stephani, que preveía recuperar no solo a Bogart como Rick Blaine sino también a Claude Rains como el capitán Louis Renault y a Sydney Greenstreet como Ferrari, el dueño del Blue Parrot. La historia retomaba, aunque más no fuera de manera oblicua, la conversación final entre Rick y Renault en la niebla del aeropuerto, y se internaba en el futuro del protagonista después de la partida de Ilsa. El proyecto naufragó cuando los responsables cayeron en la cuenta de que uno de sus virajes centrales, revelar que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio, contradecía punto por punto la evolución que Curtiz y los guionistas originales habían labrado en el film. Aquella decisión, que en su momento parecía un hallazgo argumental, terminó por vaciar de sentido al personaje.
El no de Truffaut y el callejón sin salida de los años setenta
Pasaron tres décadas y el estudio volvió a la carga. En 1973, la idea de un remake circuló como una posibilidad concreta y la dirección se ofreció a François Truffaut, que por entonces ya era una de las firmas más prestigiosas del cine europeo. Truffaut, cuentan quienes conocen el borrador de la carta, rechazó la propuesta con un argumento que termina explicando buena parte del problema de fondo: encontrar actores capaces de sustituir a Bogart y a Bergman era prácticamente imposible, y el cariño que el público estadounidense le había tomado a la película tornaba aún más difícil justificar una nueva versión. La negativa del francés enfrió la iniciativa y dejó al estudio sin un nombre capaz de sostener el peso de la comparación.
Return to Casablanca, la secuela escrita por un guionista original
El intento más elaborado llegó en los años ochenta, cuando Howard Koch, uno de los guionistas acreditados del film de 1943, escribió el tratamiento de una secuela titulada Return to Casablanca. La historia se ambientaba dos décadas después del final original y proponía seguir los pasos de Richard, el hijo que Rick e Ilsa habrían tenido, un personaje que descubre su verdadero origen y viaja a Oriente Próximo en busca de su padre biológico. Koch imaginaba a una Ingrid Bergman ya entrada en años retomando a Ilsa, lo que habría sido, claro está, uno de los ganchos centrales del proyecto. La muerte de la actriz en 1982, cuando todavía era relativamente joven, obligó a reformular la historia desde cero. Warner Bros. rechazó el tratamiento original y también una versión revisada que Koch presentó en 1989. El guion, como suele pasar con los manuscritos malditos, sobrevivió varios años en distintos cajones sin encontrar destino.
Cass Warner, la nieta fundadora, y la respuesta que ya se sabía
Años más tarde, Cass Warner, nieta de uno de los cofundadores del estudio, volvió a la carga con la idea de reflotar la secuela. La respuesta volvió a ser negativa, aunque en esta oportunidad vino acompañada de una puerta entreabierta: el estudio reconsideraría el proyecto si aparecía un director dispuesto a llevarlo adelante. El nombre, claro, nunca apareció. La negativa de Warner Bros. a su propia heredera terminó de cerrar el círculo y dejó en evidencia que el problema no era la falta de interesados sino la ausencia de un plan que pudiera convivir con el peso del original.
- Brazzaville (principios de la década del cuarenta): secuela de posguerra escrita por Frederick Stephani con Bogart, Rains y Greenstreet; descartada por contradecir la evolución de Rick y Renault.
- Remake propuesto a François Truffaut en 1973: el cineasta francés rechazó dirigir por la imposibilidad de reemplazar a Bogart y a Bergman y por el arraigo del público con la película.
- Return to Casablanca, tratamiento de Howard Koch en los ochenta: secuela centrada en el hijo de Rick e Ilsa, pensada con Ingrid Bergman adulta; truncada por la muerte de la actriz y rechazada por el estudio en 1980 y en una versión revisada en 1989.
- Proyecto impulsado por Cass Warner, nieta de uno de los fundadores del estudio: nuevo rechazo, esta vez con la condición de que apareciera un director que no llegó.
- La resistencia del clásico no responde a falta de ideas sino a un final que, por construcción narrativa y por simbolismo, cierra cualquier continuación posible.
Si uno repasa la lista, lo que asombra no es la cantidad de intentos sino la monotonía del resultado. Una y otra vez, los guionistas chocaron con el mismo muro: Casablanca es una película cuyo final funciona justamente porque cierra, porque deja a Rick caminando dentro de la niebla junto a un Renault que acaba de reinventarse, y porque ese cierre condensa toda la moral del film. Como me dijo una vez un colega viejo, medio en broma medio en serio, hay clásicos a los que no se les puede hacer secuela porque ya dijeron todo. Casablanca, parece, es uno de ellos.
