«El Castillo»: los guionistas cuentan por qué eligieron cerrar la historia sin un final reparador
Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la dupla detrás de la miniserie que adapta el libro de Mabel Lozano, hablan del sistema que retrata la trata, de la decisión de no romantizar ni a víctimas ni a victimarios y de la escena final que funciona como un loop que incomoda y, justamente por eso, obliga a mirar.
Volví del living de mi casa con un gusto raro en la boca, esa mezcla que queda cuando una serie te sacude pero no te aplasta, y la verdad es que hacía rato que una ficción argentina sobre trata no me dejaba con esa sensación tan incómoda como la que deja «El Castillo», la miniserie de seis capítulos que adapta «El proxeneta», el libro de no ficción de Mabel Lozano, y que tuve la suerte de ver de un tirón el último fin de semana. Lo que sigue es, en parte, lo que conversaron conmigo Isabel Peña y Eduardo Villanueva —la misma dupla que escribió «Antidisturbios»— sobre por qué la serie cierra como cierra y por qué esa imagen final no es un capricho estético sino una declaración política.
La decisión de no embellecer a nadie
Cuando le pregunté a Peña qué fue lo primero que se plantearon al sentarse a escribir, la guionista me contestó algo que me parece la columna vertebral de toda la serie y que va a sonar duro pero hay que decirlo: «No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos». Y la frase me resonó porque, mirá, una se cansa de ver en pantalla historias de trata donde las chicas son dibujitos de fragilidad, donde el proxeneta es un seductor maldito y donde todo parece una postal de Instagram. Acá no: acá las pibas son personas con dientes torcidos, con hambre, con bronca, con contradicciones, y eso se nota en cada plano.
“No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos.”Isabel Peña, guionista de «El Castillo»
Un final sin abrazo y con sistema
Y acá viene la decisión más discutida, la que ya está generando debate en redes y en grupos de WhatsApp: el final no cierra con un abrazo, no cierra con un rescate cinematográfico ni con un «y colorín colorado». Villanueva me lo explicó con una lucidez que a mí me dejó pensando un buen rato mientras cortaba cebollas para la milanesa: «La serie habla de un sistema, y el sistema está por encima de los individuos y de las cosas concretas que sucedan». Por eso la última escena muestra al personaje del Suizo —aquel que muchos creíamos ver caer— continuando con lo suyo, en una imagen que, palabra más palabra menos, espeja el arranque de la historia. «Había una cosa de querer contar que esto ha pasado, pasa y va a seguir pasando», agregó el guionista, y la verdad es que esa frase se me clavó como un clavo porque una, como espectadora, quiere que la historia la libere, y la serie se niega a darle ese consuelo barato.
Claudia y los investigadores: lo que sí cambia y lo que no
- El arco de Claudia, interpretado por Valentina Vidal, no termina con un «final feliz» clásico pero sí con una salida concreta: la posibilidad de quedarse legalmente en el país y de ganarse la vida con lo suyo. «Claudia ha conseguido lo que se ha propuesto y lo que en este momento también se ha ganado», sintetizó Peña.
- Los investigadores, interpretados por Omar Ayuso y por Laia Marull, regresan a sus rutinas, pero algo se les corrió de lugar. Peña lo dijo con una imagen que me pareció enorme: tanto Claudia como el Suizo les cambiaron la mirada, y esa mudanza interna es el verdadero triunfo —pequeño, íntimo, nada épico— de la serie.
- La dupla de guionistas insiste en que la idea no fue dejar al espectador con las manos vacías, sino mostrar que en temas de trata las victorias individuales no desactivan la maquinaria: por eso la historia vuelve a empezar donde mismo empezó, como un loop que incomoda y, justamente por eso, obliga a mirar.
La serie tiene seis episodios y está disponible completa, así que si todavía no la viste te diría que te prepares para algo que no te va a acariciar la cabeza, y que después, si te pasa como a mí, te va a quedar dando vueltas esa sensación de final abierto que más que abierto se siente como una ventana que dejaron entornada a propósito, y a mí eso, lejos de enojarme, me pareció un acto de honestidad pocas veces visto en nuestra ficción, y por eso me despido tarareando bajito, casi sin darme cuenta, una de esas zambas que se cantan bajito cuando una vuelve de ver algo que le dejó el corazón un poco más atento.
Te puede interesar
