Después de más de medio siglo de silencios, "Los demonios" de Ken Russell recupera su alma entera en la pantalla grande
La versión definitiva que el director británico soñó durante décadas vuelve a las salas españolas restaurada en cuatro k y con los ochenta y nueve segundos que le habían extirpado a la fuerza, gracias a la obstinación de un crítico que no se dio por vencido
Lo confieso de entrada, antes de cualquier tecnicismo: cuando uno entra a la sala y empieza a escuchar ese zumbido grave, ese latido de claustro que abre la película de Ken Russell, lo primero que invade el ambiente no es el miedo sino el olor a incienso viejo, a cera derretida, a algo que se está quemando muy lentamente en algún rincón del mundo y que todavía no termina de consumirse del todo. Y esa sensación, esa mezcla de devoción y de incendio, es justamente la que durante más de cincuenta años nos estuvo faltando, porque la copia que circulaba por el mundo era una copia mutilada, una versión a la que le habían arrancado el corazón en nombre de la moral, de la clasificación y hasta del mismísimo Vaticano, que condenó la obra y pidió que se levantaran sus proyecciones en el Festival de Venecia allá por los años setenta.
Una historia real que arde todavía
Porque "Los demonios" no es un cuento de ghouling. La historia arranca en el siglo diecisiete, en el convento de las ursulinas de la ciudad francesa de Loudun, donde varias monjas denunciaron estar poseídas por el demonio y acusaron al sacerdote Urbain Grandier de haberles enviado los males. Grandier terminó condenado por brujería y quemado en la hoguera, y ese episodio real, que Aldous Huxley convirtió en la novela "Los demonios de Loudun", fue el punto de partida que Ken Russell tomó para construir una de las películas más discutidas, más censuradas y más profundamente políticas del cine inglés.
La protagonizan una Vanessa Redgrave absolutamente desatada en su papel de la madre superiora Jeanne des Anges y un Oliver Reed imponente como el cura rebelde y sensual que termina en las llamas, y la dirige un Russell en estado de gracia, obsesionado con la carne, con la fe, con el poder y con la manera en que el Estado se sirve del miedo para aplastar a los que piensan distinto. Russell llegó a definirla, con el correr de los años, como su única película política, y lo dijo con estas palabras que todavía resuenan: para él la obra trataba sobre el lavado de cerebro y sobre la toma del poder por parte del Estado, una lectura que a esta altura del partido, viendo lo que vemos, suena más vigente de lo razonable.
Los ochenta y nueve segundos que le faltaban
Lo que nunca se había podido ver en una sala comercial era la versión completa de ciento catorce minutos que el propio director consideró definitiva en dos mil cuatro, una versión que permanecía oculta detrás de los cortes que las autoridades de clasificación cinematográfica del Reino Unido y de los Estados Unidos habían exigido para permitir la distribución. La copia británica circuló durante décadas con ciento once minutos, la estadounidense se quedó en ciento ocho, y en ambos casos se habían eliminado secuencias que Russell y su editor Michael Bradsell consideraban centrales al sentido de la obra.
El crítico cinematográfico Mark Kermode, que conoció personalmente a Russell y que durante años se obsesionó con esta búsqueda, rastreó el metraje faltante con ayuda de la filial británica de Warner Bros. y de coleccionistas y archivistas independientes, hasta dar con un rollo catalogado de manera casi críptica como C Cut 89, que resultó ser exactamente eso, los ochenta y nueve segundos que la Agencia Británica de Clasificación de Películas había retirado oficialmente del filme. Con ese material recuperado Russell pudo por fin armar su montaje íntegro, que se proyectó una sola vez en el BFI Southbank de Londres y que ahora, gracias a una restauración en cuatro k, llega por fin a las salas españolas.
“Estas alteraciones le rompieron el corazón a Ken Russell porque el material eliminado no solo contenía parte de su mejor trabajo, sino que también encapsulaba el corazón temático de la película.”Mark Kermode
Más allá de la tijera, la persecución
Pero los problemas de "Los demonios" no se terminaron con aquellos cortes. La película enfrentó restricciones de todo calibre: en los años setenta diecisiete municipios de Gran Bretaña directamente la prohibieron y donde se pudo exhibir lo hizo con calificación X, la famosa X que en el idioma del celuloide significa no recomendada para menores de dieciocho años. Finlandia la tuvo vetada hasta noviembre de dos mil uno, dos mil uno, casi nada. Y como si todo eso fuera poco, el Vaticano no se quedó callado: condenó la película y pidió que se levantaran sus proyecciones en el Festival de Venecia, en una época en la que todavía al poder eclesiástico le alcanzaba con levantar el teléfono para que se cayera una función.
Por eso esta vuelta a las salas, esta resurrección en cuatro k con los ochenta y nueve segundos restituidos, se vive casi como un acto de justicia poética, como si el tiempo por una vez le terminara dando la razón al artista y no al censor. Si tienen la posibilidad de acercarse a un cine que la esté programando, háganlo: van a sentir el vértigo de una película maldita que por fin se muestra completa, con todos sus demonios encima y sin que le falte ni un solo segundo de su alma.
- "Los demonios" se proyecta en España desde el 16 de octubre en su versión definitiva de 114 minutos, restaurada en 4K.
- La copia británica circuló durante décadas con 111 minutos y la estadounidense con 108; ambas tenían escenas eliminadas por las autoridades de clasificación.
- El crítico Mark Kermode localizó los 89 segundos faltantes en un rollo catalogado como "C Cut 89", con ayuda de Warner Bros. UK y archivistas independientes.
- En los años 70, 17 municipios británicos prohibieron la película y donde se exhibió lo hizo con calificación X.
- Finlandia la mantuvo vetada hasta noviembre de 2001.
- El Vaticano condenó el film y pidió cancelar sus proyecciones en el Festival de Venecia.
- Ken Russell definió la película como su única obra política, centrada en el lavado de cerebro y la toma del poder por parte del Estado.
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