Cuarenta y dos inviernos después, dos extraños se cruzan en un vagón y todavía nos cuesta mirar
Una comedia romántica de bajo presupuesto de 1984 juntó a Robert De Niro y Meryl Streep en una historia de amantes maduros en Manhattan. Hoy, cuando cumplir cuatro décadas parece el argumento central de cualquier reunión, la película vuelve a las pantallas para recordarnos algo que ya sabíamos pero que conviene repetir: los grandes amores no empiezan con fanfarrias, empiezan con un paquete equivocado.
El olor a papel viejo y a café recalentado que tienen las librerías de Manhattan en diciembre es, probablemente, el único perfume que le faltaba a esta historia. Yo loé la primera vez que vi Enamorarse (Falling in Love, 1984), en un ciclo de cine clásico que pasaba por la pantalla del club del barrio, y me acuerdo todavía del silencio que se hizo en la sala cuando Frank Raftis, el personaje de Robert De Niro, se equivocaba de bolsa y se llevaba a casa el regalo de una desconocida. Era un detalle tan chiquito, tan doméstico, que nadie en la sala pensó que ahí se estaba empezando a rodar una de las películas más atípicas de las carreras de sus dos protagonistas.
Porque la verdad es que Enamorarse no tenía derecho a funcionar. La dirigió Ulu Grosbard, un hombre de teatro más interesado en los silencios que en los golpes de efecto. La escribió Michael Cristofer, que venía de ganar el Pulitzer con La sombra de un hombre y que en esta película eligió hablar de algo todavía más común y más peligroso: la incomodidad de cruzarse con alguien que te interesa justo cuando ya no podés permitírtelo. La produjo Paramount con un presupuesto modesto, sin estrellas invitadas que hicieran bulto, y la puso en cartel un 21 de noviembre de 1984, en plena temporada navideña, como si fuera una postal para adultos que ya no se conformaban con que el cine les mostrara enamorado a los veinte años.
Dos conocidos que todavía no se conocen
Frank y Molly son, en apariencia, la persona más aburrida del mundo. Él trabaja en literatura, hace el viaje en tren desde Westchester todos los días y está casado con una mujer con la que comparte cena, hijos y poco más. Ella también toma ese mismo tren todas las mañanas, también está casada, también tiene hijos, también lleva una vida perfectamente presentable. Lo único que los saca del piloto automático es el error de la bolsa, y a partir de ahí empiezan a hablar, a reconocerse en el vagón, a buscarse sin confesarse que se buscan. Hay una frase que le dice Molly a su esposo, y que yo subrayé cuando vi la película, que define toda la película: «No es que me falte nada, es que no sabía que podía pasarme esto». Es la clase de frase que uno se dice a los cuarenta y cinco, en un viaje en tren, mirando por la ventanilla y sin animarse a mirarla a ella.
“No es que me falte nada, es que no sabía que podía pasarme esto.”Molly Gilmore (Meryl Streep)
Yo tengo que confesar algo, y esta columna me permite hacerlo: la primera vez que vi Enamorarse no me gustó. Me pareció lenta, me pareció tibia, me pareció un vehículo menor para dos actores que venían de El francotirador (The Deer Hunter, 1978) y que todavía no sabíamos todo lo que iban a dar. La vi de nuevo unos años después, ya separada, ya con un par de fracasos sentimentales propios, y la película se me transformó. Empecé a notar las manos de Streep sosteniendo un libro en el andén, empecé a notar la manera en que De Niro mira para otro lado cuando ella le dice algo importante, empecé a notar el ruido del tren tapando las frases que los personajes no se animan a completar. Enamorarse es, en el fondo, una película sobre todo lo que no se dice, y eso es algo que a los veinticinco no se está preparado para entender.
Elenco, Manhattan y una comparación inevitable
- Harvey Keitel, Dianne Wiest, Jane Kaczmarek y David Clennon completan el elenco de apoyo, y son los que se encargan de mostrarle al espectador qué es lo que Frank y Molly están a punto de romper.
- La película fue rodada íntegramente en locaciones de Manhattan y Westchester, y esa decisión hace que la ciudad funcione casi como un tercer personaje: las librerías de la Upper West Side, los andenes de la estación, los bares después del trabajo, todo está pensado para que el romance parezca posible sólo en ese paisaje.
- La crítica de la época la comparó repetidamente con Breve encuentro (Brief Encounter, 1945), el clásico de David Lean, y la comparación es justa: las dos películas entienden que el amor adulto es, sobre todo, un problema de horarios y de geography sentimental.
- Roger Ebert le dio dos estrellas sobre cuatro en su crítica original de 1984, y reconoció que el guión tenía zonas flojas pero rescató «momentos puntuales» de la interacción entre De Niro y Streep, que es, justamente, lo que sostiene la película entera.
- La recaudación en Estados Unidos y Canadá fue de 11.129.057 dólares, según los registros de Box Office Mojo, con un debut cercano a los 2,3 millones, cifras modestas para una producción de Paramount con dos protagonistas de ese calibre.
Cuarenta y dos inviernos después de su estreno, Enamorarse vuelve a estar disponible en plataformas digitales, y la coincidencia es casi demasiado perfecta. Hoy, cuando gran parte del cine romántico está obsesionado con mostrar pasiones de veinteañeros que se conocen en una app, esta película de 1984 sigue pareciendo radical en su planteo: dos personas que ya saben cómo termina todo, dos personas que ya conocen el precio que van a pagar, y que igual eligen sentarse en el mismo vagón todas las mañanas. Como escribió alguna vez una zamba que mi madre cantaba en la cocina mientras freía huevos, no es lo mismo querer que dejarse querer, y Enamorarse es, sobre todo, una película sobre el vértigo de dejarse querer cuando uno sabe que no debería. Si no la vieron, dense el gusto. Si ya la vieron, vuelvan a verla. Las películas que envejecen bien son las que hablan de las cosas que no envejecen, y los amores que empiezan en un error de logística son, sospechosamente, los que más nos duran.
