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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el guionista se pone detrás de la cámara: la caída libre de Sorkin en "El precio de la red"

La secuela de "La red social" confirma lo que David Fincher, Danny Boyle y Rob Reiner ya sabían: los libretos de Aaron Sorkin necesitan a alguien que los discpline. La crítica señala que, sin un director externo, el resultado se vuelve largo, declamatorio y mal iluminado.

Por Lucía QuipildorCultura y espectáculos · · hace 2 d
Cuando el guionista se pone detrás de la cámara: la caída libre de Sorkin en "El precio de la red"

El primer impacto con "El precio de la red" no viene de la pantalla sino de la sala: ese murmullo bajo, a medio vidrio, de pochoclo recalentado mezclado con el zumbido del aire acondicionado que ya conocía desde la avant premiere de "La red social" en 2010. Quince años después vuelvo a una sala llena expectingando el rigor de David Fincher y me encuentro, otra vez, con un filme que se cree su propio monólogo. Pero vayamos por partes, porque la cuestión de fondo merece que nos tomemos un tiempo para desmenuzarla con un poco de paciencia, que es lo que el propio Sorkin parece pedirle al espectador durante las dos horas y pico que dura esta película que se anuncia como secuela de uno de los mejores retratos del capitalismo digital que vio el cine reciente, y que termina siendo, en buena medida, una nueva demostración de un problema que el propio libreto reconoce cuando un personaje lo dice casi por descarte: cuando el autor tiene el control absoluto de la cámara, los brazos del guardia de tráfico se quedan caídos y los autos no dejan de derrapar.

Yo salí de la función con la sensación de haber leído un muy buen guión en voz alta, lo cual es, paradójicamente, el mejor y el peor elogio que se le puede hacer a un filme. Porque "El precio de la red" tiene escenas brillantes en el papel: réplicas que en la página brillan como los mejores diálogos de "The West Wing" o de "The Newsroom", esa serie que el propio Sorkin creó y que aquí aparece citada casi textual en su tono idealista un poco demodé, un poco naif, siempre charming aunque a veces empalagoso. El problema es que muchas de esas réplicas existen, fundamentalmente, porque suenan bien cuando las decís en el baño afeitándote o cuando las leés en un ensayo sobre la pantalla como si fueran un poema. Lo que no tienen, en demasiados pasajes, es urgencia cinematográfica. Y cuando el libreto no construye imágenes que trasciendan lo funcional, lo que queda es una larga charla sobre el alma de Mark Zuckerberg filmada con la misma luz de un consultorio de obra social, algo que no es menor si tenemos en cuenta que el director de fotografía es el mismo de "La red social", lo cual vuelve el contraste todavía más elocuente.

La regla no escrita que Sorkin sigue rompiendo

Repasemos, brevemente, la filmografía del autor para entender de qué hablamos. Cuando un director externo se hizo cargo de sus guiones, el resultado fue, casi sin excepción, memorable: David Fincher firmó "La red social" y construyó, sobre un libreto brillante, una de las mejores películas de su década; Danny Boyle hizo algo similar con "Steve Jobs", conteniendo los excesos declamatorios del texto y devolviendo a la pantalla a un Michael Fassbender descomunal; y ni qué hablar de Rob Reiner con "Algunos hombres buenos", ese extraordinario artefacto judicial que todavía hoy se enseña en las escuelas de guión. La regla no escrita, entonces, parece ser que Sorkin escribe mejor cuando otro filma, porque ese otro filma con el oficio y la distancia crítica que el propio autor no logra mantener sobre su propio material. Las excepciones a esa regla son escasas y, casi siempre, discutibles: "Molly's Game" fue recibida con cierta benevolencia, sí, pero también fue el primer paso de un camino que vino a confirmar, con "La sospecha" y con esta misma "El precio de la red", que los mejores hallazgos del autor viven siempre en los márgenes de su propio control.

“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Personaje interpretado por Bill Burr en "El precio de la red"

La frase es, además de irónica por donde se la mire, una pequeña forma de justicia poética, porque el propio filme se encarga de enunciar en su interior el diagnóstico que la crítica especializada viene repitiendo hace ya varios años sobre su propio autor. Que Sorkin incluya esa línea en el guión habla de dos cosas a la vez, y ninguna de las dos es demasiado generosa: por un lado, de una autoconciencia que no alcanza a traducirse en autocrítica real, porque la película no corrige ninguno de los males que denuncia en su propio monólogo; por el otro, de un proyecto que lleva años intentando convertirse en una película sobre el 6 de enero y que, en su insistencia, se ha ido vaciando de la urgencia original para quedar en una versión más contemplativa, más idealista, más de taller literario que de hecho histórico.

  • El regreso de Sorkin al universo de Mark Zuckerberg confirma la teoría de que su mejor cine se hace con otro detrás de la cámara.
  • La secuela reutiliza tópicos visuales y temáticos de "La red social" sin lograr la precisión visual de Fincher.
  • Las escenas de interiores presentan problemas de iluminación llamativos, considerando que se repite al director de fotografía original.
  • Los diálogos conservan el brillo verbal característico del autor, pero carecen de la tensión cinematográfica que otros directores supieron imprimirles.
  • La película incluye una línea sobre "el guardia de tráfico con los brazos caídos" que parece un diagnóstico que el filme no está dispuesto a aplicarse a sí mismo.

Dicho todo esto, y aunque suene contradictorio, creo que vale la pena sentarse a verla, no porque sea una buena película sino porque es un caso de estudio fascinante sobre los límites del autor que controla todos los resortes de su obra. Es un filme largo, desparejo, declamatorio y, en ciertos tramos, hasta tedioso, pero también es la demostración más reciente de un oficio de guionista que sigue siendo de los más reconocibles del cine contemporáneo, y eso, por sí solo, justifica al menos una función nocturna con pochoclo y la voluntad de quedarse hasta el final de los créditos. Mientras el telón baja y me levanto para salir, me queda la imagen de la butaca de al lado, vacía, y la frase de una zamba vieja que me vuelve a la cabeza, esa que dice que es la misma pena de siempre y la mismabyron deber que se repite: cuando alguien escribe como los dioses y filtra como cualquiera, algo está funcionando al revés en el reparto de poderes del rodaje, y "El precio de la red" no hace más que poner en escena, con singular transparencia, ese desajuste.

LQ
Lucía QuipildorCultura y espectáculos

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