Aquella zarzanda que volvió a sonar: Judeline reescribe el “Soldadito español” desde la pantalla
La canción que Jacinto Guerrero y Pedro Muñoz Seca estrenaron en un teatro de Madrid en 1928 llega ahora a “La bola negra” en la voz de una cantante de otra generación. Un recorrido por casi cien años de lecturas, uniformes y memorias.
El primer acorde me llegó desde el fondo de la sala, mientras todavía acomodaba la mochila en el apoyabrazos y los acomodadores terminaban de apagar las luces del foyer. Era esa tonada antigua, medio marcial, medio zambita disfrazada, que uno cree reconocer de oído aunque no sepa de dónde sale. Y entonces sí, cuando Judeline abrió la boca y dijo eso de “soy el soldadito español”, entendí que estaba escuchando algo mucho más viejo que la película que había ido a ver, algo que había viajado casi cien años para sentarse en esa butaca conmigo.
Porque “Soldadito español” no nació en una banda sonora ni en un estudio pop: nació en el escenario del Teatro Price de Madrid, la noche del 23 de marzo de 1928, como uno de los números de “La orgía dorada”, una revista teatral en diecinueve cuadros firmada por Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez Fernández, con libreto de Tomás Borrás y música del compositor Jacinto Guerrero. La obra seguía a un dramaturgo obligado a escribir una pieza sobre la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, y dentro de ese engranaje de humor, sátira y cuadro costumbrista se coló esta copla que hablaba de los soldados que habían vuelto (o que no habían vuelto) de Cuba, de Filipinas y del Rif.
Una canción escrita sobre el final de una guerra
Me parece importante detenerme en ese detalle porque a veces uno escucha la canción suelta, como si fuera un caramillo simpático, y se olvida del contexto en el que se compuso. “Soldadito español” se escribió en los últimos días de la guerra del Rif, aquel conflicto que dejó miles de muertos y que marcó a una generación entera de jóvenes españoles enviados al norte de África. La letra hablaba, en tono ligero, de esos muchachos que volvían (o no volvían) con la medalla al pecho, y lo hacía con la picardía propia de la revista del momento, ese género teatral que mezclaba cuadro político, chicas de coro y couplet.
Con el paso de las décadas, la canción cambió de ropa y se puso uniforme. Durante el franquismo fue recuperada y reversionada por varias voces, entre ellas la de Marujita Díaz, que la cantó vestida con traje militar y la convirtió en una de las interpretaciones más recordadas de ese período. Tanto así que el propio Ministerio de Defensa llegó a señalar que la composición buscaba “enardecer y homenajear al Ejército a través de su figura más humilde, pero más importante: el soldado, el soldadito español”. La frase la tengo grabada desde que la leí, porque dice mucho de cómo un mismo papel puede cambiar de significado según quién lo vista.
La versión de Judeline: otra forma de cantarlo
En la butaca, lo primero que me llamó la atención de la versión que se escucha en “La bola negra” es el registro: la voz entra más contenida, casi conversada, sin el desparpajo de otras lecturas anteriores. No hay redoble de tambor celebratorio ni guiño cómplice al público; hay algo más detenido, más pensativo, como si la canción se estuviera mirando por primera vez en un espejo y no terminara de reconocerse del todo. La elección no reniega del tema, pero le cambia la luz, y eso, en una canción con tanta historia encima, es una decisión fuerte.
Y aquí se me abre una pregunta que no puedo responder yo solo, y que prefiero dejar picando entre nosotros los lectores: ¿cuántas canciones de casi un siglo siguen vivas porque alguien las vuelve a cantar desde otro lugar? “Soldadito español” lleva casi cien años cambiando de uniforme: pasó del teatro de variedades al escenario del franquismo, del cassette familiar a la pantalla grande, y en cada mudanza sumó un significado nuevo. Que Judeline se siente ahora al piano (o a lo que se siente en esa escena) a cantarla con otro tono es, en el fondo, una manera de recordarnos que las canciones viejas no son piezas de museo: son criaturas vivas, que respiran según quién las sopla.
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