Afinar pianos y forzar cajas fuertes: lo nuevo de Daniel Roher convierte el oído en arma
Leo Woodall y Dustin Hoffman encabezan un thriller sólido, de ritmo preciso, que toma la hiperacusia como punto de partida para construir una historia de intriga sin aspavientos.
La primera escena de Un talento único huele a madera vieja y a polvo de martillos de fieltro. Se escucha, antes de verse, el tecleo metódico de un joven que afina un piano de cola en una sala silenciosa. Ese sonido, que parece menor, es en realidad la clave de toda la película: porque Niki, el personaje al que da vida Leo Woodall, no solo tiene un oído entrenado para la música, sino una hiperacusia que le permite percibir frecuencias, vibraciones y mecanismos que al resto de los mortales se le escapan. Esa misma sensibilidad es la que, en las sombras, lo vuelve un ladrón capaz de abrir cajas fuertes casi sin tocarlas.
Yo entré a la función con la expectativa de encontrarme con un thriller menor, de serie B con pretensiones, y terminé enganchada con una propuesta que sabe exactamente lo que quiere contar. El director Daniel Roher, que se hizo conocido por el documental Navalny con el que ganó el Óscar, debuta aquí en la ficción de largo aliento con un manual de estilo muy claro: nada de estridencias, nada de fuegos artificiales narrativos, todo al servicio de un ritmo que va subiendo de a poco, como una pieza que se afina nota por nota.
La música como coartada, el oído como herramienta
La premisa es sencilla y a la vez jugosa: Niki trabaja afinando pianos en casas adineradas y en conservatorios, y en paralelo integra una red clandestina que usa su habilidad auditiva para forzar cajas fuertes. En una de las primeras secuencias, mientras ajusta las cuerdas de un piano en un living lleno de ventanales, se nos muestra cómo su percepción del mundo es otra: capta el zumbido de un motor del otro lado de la pared, el clic mínimo de una cerradura, la frecuencia exacta que delata un mecanismo oculto. Esa forma de mirar es la que sostiene el suspenso: porque el espectador, casi sin darse cuenta, empieza a atender a los sonidos junto con él.
Como dice una vieja zamba que me viene a la memoria cada vez que un instrumento habla más que las palabras, el diablo sabe por diablo, pero sabe más por viejo. Y algo de eso hay en el vínculo entre Niki y el personaje que interpreta Dustin Hoffman, un afinador veterano que funciona como mentor y, al mismo tiempo, como espejo de lo que el protagonista podría terminar siendo. El peso del elenco está bien repartido: Woodall carga con el protagonismo sin desbarrancar, y Hoffman aporta esa gravedad tranquila que solo tienen los actores que llevan décadas frente a una cámara.
Lo que la película hace bien y lo que no
- Ejecución ajustada: la película sabe cuándo detenerse en el detalle de un mecanismo y cuándo acelerar, sin tiempos muertos.
- Un protagonista con una habilidad específica y creíble, que no convierte al personaje en un superhéroe sino en un artesano con un oído fuera de lo común.
- Un director que viene del documental y aplica ese ojo para el detalle al interior de un piano: cuerdas, martillos, vibraciones.
- Limitaciones propias de una producción de escala media, que se notan sobre todo en el despliegue de las escenas de acción.
Un talento único no pretende reinventar el género del thriller de atracos. No hay aquí una vuelta de tuerca conceptual ni una denuncia social disfrazada de golpe. Hay, en cambio, algo más difícil de lograr: una historia que se cuenta con oficio, con conflictos claros y con un crescendo que va de la calma del afinador a la tensión del ladrón. Está disponible en streaming y, para quienes buscan una intriga sin demasiadas exigencias, es una opción más que razonable: de esas películas que se ven con una taza de café al lado, atentas al mínimo clic de una cerradura.
